lunes, 3 de agosto de 2009

SEÑOR, ¡LLÉVAME A CASA!

Como leímos en Daniel 3:15-16, los tres hebreos entraron al fuego con sus cuerpos ya muertos para el mundo. Ellos pudieron ofrecer sus cuerpos con gozo, como sacrificios vivos. ¡Y Jesús literalmente entró en sus crisis!

 

¿Qué cree usted que ellos le dijeron a Jesús, cuando apareció en el horno? “¡Gracias por no permitir que sintamos el dolor! ¡Gracias por darnos otra oportunidad, para unos cuantos años más!”?

 

¡No, nunca! Yo creo que ellos dijeron: “Señor, llévanos contigo. No nos dejes acá. ¡Hemos tocado el éxtasis, la gloria y no queremos volver! Llévanos a casa contigo”. ¡Ellos habrían preferido estar con Él! Jesús conocía este tipo de corazón, y es con ellos, con quienes Él se compromete.

 

¿Es usted capaz de decir: “Señor, llévame a casa”? Quizás nunca aprendió a confiar su cuerpo, su negocio, su matrimonio o su crisis en las manos de Dios. Sí, debemos orar en fe, creyendo que Dios va a responder; pero también debemos confiar en Él completamente respecto a nuestra situación, diciendo en nuestros corazones: “Y si no, Señor, ¡seguiré confiando en Ti!”

 

 “Señor, tú eres capaz de librarme de este horno de fuego. Pero si no, ¡seguiré creyendo! Aún si tengo que seguir pasando esta horrible prueba, si tengo que pasar por más sufrimiento y prueba, pongo todo en tus manos, sólo ven y camina a través de ella conmigo”. ¿Puede usted orar dicha oración?

 

Yo le prometo que Jesucristo entrará en su crisis, ¡tomará su mano y lo guiará a través del fuego!

 

Considero que la llegada de Cristo en mi crisis es la mayor respuesta posible a la oración, porque cuando Él viene, su presencia me levanta por encima de todo mi dolor, de todas mis heridas y de toda mi confusión. Cuando Jesús aparece al lado de usted, Él toma su mano y lo afirma sobre sus pies.