viernes, 23 de enero de 2015

NO TEMAS, SÓLO CREE

Un hombre apesadumbrado llamado Jairo vino a Jesús para pedirle que sane a su hija moribunda: “Y vino uno de los principales de la sinagoga, llamado Jairo; y luego que le vio, se postró a sus pies, y le rogaba mucho, diciendo: Mi hija está agonizando; ven y pon las manos sobre ella para que sea salva, y vivirá. Fue, pues, con él; y le seguía una gran multitud, y le apretaban” (Marcos 5:22-24).

Este hombre Jairo, representa a la mayoría en el cristianismo. Sabemos que Cristo es nuestra única esperanza y en nuestra crisis, corremos a Él, caemos a sus pies y Le pedimos Su misericordia y ayuda. Jairo tenía una buena medida de fe. Él le pidió a Jesús: “Ven y pon las manos sobre ella para que sea salva, y vivirá” (versículo 23). Esta era una afirmación de una fe verdadera: “Señor, todo lo que ella necesita es a Ti. ¡Tú tienes todo el poder y puedes evitar que ella muera!”

Respondiendo a la fe de este hombre, Jesús “fue, pues, con él” (versículo 24). Jesús permitió que pasara el tiempo porque Él quería que sus seguidores tuvieran fe en Su poder de resurrección, una fe que va más allá de la pérdida de la esperanza, ¡más allá de la misma muerte! Los creyentes nominales que estaban parados al costado de la cama de la niña tenían esta limitada fe: Mientras quede algo de vida, un poco de esperanza, Jesús será requerido y necesitado.

Lo más probable es que estas personas decían en su interior: “Sí, Jesús, creemos que Tú eres el gran doctor, el gran sanador. Nada es imposible para ti. Sabemos que tienes todo el poder. Pero, por favor, apúrate, ¡porque ella puede morir en cualquier minuto! Y si llega ese momento, ¡ya no Te necesitaremos!”.

¿Qué tipo de fe es ésta? Es una fe que sólo llega hasta el punto de la muerte, sólo hasta la tumba. Cuando las circunstancias parecen mostrar que todo está perdido, esta fe muere.

Resultó que la niña sí murió. Puedo imaginarme a la gente tomándole el pulso y declarándola muerta. La poca fe que habían tenido ya había desaparecido. El orden correcto en el negocio funeral indicaba que se debía notificar al sanador que Su presencia ya no era necesaria. Enviaron un mensajero que dijo: “Tu hija ha muerto; ¿para qué molestas más al Maestro?” (Marcos 5:35).

Estas palabras parecían tan concluyentes: “¡Tu hija ha muerto!” Estas palabras pueden estar resonando en tus oídos: “¡Tu matrimonio está muerto, no molestes a Jesús!” “¡Tu ministerio está muerto, no molestes al Señor!” “¡Tu hijo está muerto en el pecado!” “¡Tu relación con ese ser querido está muerta!”

Estas atemorizantes palabras no significaron nada para Jesús. Él nunca se rinde ante algo que ha muerto ¡porque Él es la vida que resucita! En el griego, la mejor versión del versículo 36 es: “Jesús, como si no hubiera oído lo que se estaba hablando, le dijo al principal de la sinagoga: ‘¡No temas, sólo cree!’ ”.

jueves, 22 de enero de 2015

PODER DE RESURRECCIÓN ACTUAL Y PRESENTE

El que vence la muerte tiene todo el poder y no hubo una evidencia más grande del poder de Cristo sobre la Tierra que aquéllos que fueron resucitados de entre los muertos. “Porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida” (Juan 5:21). Claramente, Jesús declaró tener poder sobre la muerte. Inclusive, Él dijo de sí mismo: “Yo soy la resurrección y la vida” (Juan 11:25), ¡y Él lo demostró!

¿Creemos verdaderamente en las palabras de Jesús? Él dice: “De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán. Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo” (Juan 5:25-26).

Jesús no se está refiriendo tan sólo a la resurrección final; Él está describiendo Su poder actual para levantar todo lo que esté muerto. Su poder actual para inundarnos de Su vida. Como puedes ver, todos tenemos un cementerio secreto en nuestras vidas, algo o alguien en lo que nos dimos por vencidos hace mucho tiempo. ¡Lo enterramos y escribimos en la lápida, su fecha de defunción!

Una persona muy cercana a nosotros nos contaba acerca de la graduación de su hijo. Junto con todos los familiares que irían, su ex esposo (que la había dejado años atrás por otra mujer) estaría presente. El matrimonio en sí estaba más allá de una resurrección, ya que el hombre tenía ahora otra esposa. Pero Dios hizo que nuestro amigo regresara al lugar de la sepultura de dicho matrimonio y orara por su salvación ¡y por la salvación de su esposa! Esta mujer no tiró la toalla con los muertos espirituales.

A otra querida hermana en Cristo, su esposo la abandonó años atrás. Hoy, el hombre está perdido en profundo pecado. Donde antes había un matrimonio bueno, ahora hay una lápida. Ella también tuvo que aprender que Jesús nunca se rinde ante lo muerto. No es que ella quiera de vuelta al hombre (de hecho, lo más probable es que nunca regrese), más bien, ella quiere que él resucite de la muerte del pecado. Ella no se rendirá ante la muerte ¡porque servimos a un Dios que tiene el poder de resurrección actual y presente!

miércoles, 21 de enero de 2015

LA GRANDEZA PRESENTE DE CRISTO

“No ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones, para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales” (Efesios 1:16-20).

La oración de Pablo por la Iglesia era simplemente esta: “Que Dios les revele no sólo la grandeza pasada sino la grandeza presente de Cristo”.

La Iglesia tiene gran respeto por el Cristo que anduvo sobre la Tierra, el Jesús galileo, el maestro y hacedor de milagros, el hijo de María. Nunca nos cansamos de escuchar y contar los relatos de la grandeza de Jesús de Nazaret; de cómo echó fuera demonios, venció toda tentación, abrió los ojos de los ciegos, abrió los oídos de los sordos, hizo caminar a los paralíticos, restauró manos secas, sanó leprosos, cambió el agua en vino, alimentó a las multitudes con unos cuantos panes y peces ¡y resucitó a los muertos!

Sin embargo, en algún punto de la historia, ¡ponemos límites a este Salvador grande, poderoso y hacedor de milagros! Hemos desarrollado una teología que Le hace a Él, Señor sobre todo lo espiritual pero no sobre lo natural. Por ejemplo, creemos que Él puede perdonar nuestros pecados, calmar nuestro nerviosismo, quitar nuestra culpa, darnos paz y gozo, ofrecernos vida eterna: todo esto en un mundo invisible, un mundo que no se ve. Pero no muchos de nosotros Le conocemos como Dios de lo natural, Dios de los asuntos de cada día: Dios de nuestros hijos, de nuestros trabajos, de nuestras cuentas, de nuestros hogares y de nuestros matrimonios.

Pablo dice que necesitamos una revelación del poder que Cristo tuvo desde el momento en que resucitó de los muertos. Inclusive ahora, Jesús está sentado a la diestra de Dios, poseyendo todo el poder en el Cielo y en la Tierra: “Sometió todas las cosas bajo sus pies” (Efesios 1:22).