martes, 18 de agosto de 2009

LA SOBERBIA Y LA VOZ DEL ESPIRITU

Permítame hacer una clara distinción entre soberbia y humildad.

 

Una persona humilde no es la que piensa poco de sí misma, que baja la cabeza diciendo: “No soy nada”. Por el contrario, es la persona que depende completamente del Señor para todo, en toda circunstancia. Dicha persona sabe que el Señor la tiene que dirigir, dar poder y vivificar, y que sin eso, ¡esta persona está muerta!

 

Una persona soberbia, por otro lado, es la que tiene la forma de amar a Dios, pero actúa y piensa por sí sola. En lo profundo, la soberbia es simplemente la independencia de Dios y el soberbio toma decisiones en base a su propio razonamiento, virtudes y habilidades. El dice: “Dios me dio una buena mente y espera que yo la use. Es absurdo pedirle que me dirija en cada detalle de mi vida”.

 

Es imposible enseñarle algo a este ser humano, porque ya “lo sabe todo”. Puede escuchar a alguien mayor en autoridad o de mayor conocimiento que él mismo, pero jamás a alguien que él piense que es inferior.

 

¡Ninguna palabra que un soberbio recibe, viene de Dios! Es imposible que juzgue con un juicio justo, es imposible que hable con el sentir de Dios, porque el Espíritu Santo no está presente en él, de modo que no puede dar testimonio de la verdad. “Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte” (Proverbios 14:12).

 

La soberbia es independencia, la humildad es dependencia. El cristiano humilde es aquel que no se mueve, no decide, sin el consejo del Señor. La Biblia dice que Dios ordena los pasos del justo, pero Él no puede ordenar los pasos de un espíritu independiente. Esto es todo: Dios quiere el control completo, déselo a Él.

 

“Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes” (Santiago 4:6).