lunes, 14 de septiembre de 2009

SEMILLAS DE CELOS Y ENVIDIA

Todos tenemos semillas de celos y envidia en nosotros. La pregunta es: ¿quién de entre nosotros lo va a reconocer?

 

Un predicador puritano llamado Tomas Manton dijo acerca de la inclinación humana hacia los celos y la envidia: “Nacemos con este pecado adámico. Lo bebemos en la leche de nuestra madre. Está en lo más profundo de nosotros”.

 

Tales semillas pecaminosas nos impiden regocijarnos en las bendiciones y logros de las obras o ministerios de otros. Su efecto es levantar muros poderosos entre nosotros y nuestros hermanos y hermanas. “Cruel es la ira, e impetuoso el furor; mas ¿quién podrá sostenerse delante de la envidia?” (Proverbios 27:4).

 

Santiago añade a esto: “Pero si tenéis celos amargos y contención en vuestro corazón, no os jactéis, ni mintáis contra la verdad” (Santiago 3:14).

 

En términos simples, el pecado de los celos y la envidia es un veneno amargo. Si nos agarramos de ello, no sólo nos costará nuestra autoridad espiritual sino que también nos dispondrá para la actividad demoniaca.

 

El Rey Saúl nos da el ejemplo más claro que haya en toda la Escritura. En 1 Samuel 18, vemos a David volviendo de una batalla en la que mató a los filisteos. Mientras él y el Rey Saúl cabalgaban hacia Jerusalén, las mujeres de Israel se acercaban para celebrar las victorias de David, danzando y cantando: “Saúl mató a sus miles y David a sus diez miles”.

 

Saúl se sintió herido por esta celebración de júbilo, y dijo para sí: “A David dieron diez miles, y a mí miles; no le falta más que el reino” (1 Samuel 18:8).

 

Inmediatamente, Saúl estaba siendo consumido por un espíritu de celos y envidia. En el siguiente versículo, leemos el efecto mortal que esto tuvo en él: “Y desde aquel día Saúl no miró con buenos ojos a David (envidió)” (1 Sam 18:9). Trágicamente, después de esto, “Saúl fue enemigo de David todos los días” (1 Samuel 18:29).

 

Saúl había sido absolutamente enceguecido por sus celos. No podía humillarse delante del Señor en arrepentimiento. De haber reconocido su propia envidia y haberla arrancado de su corazón, Dios habría coronado de favores a su siervo ungido. Pero Saúl no pudo tomar el último asiento. En lugar de ello, fue atraído por su espíritu envidioso al lugar más alto. Y lo que sucedió al día siguiente debiera llenarnos de temor santo: “Mas Saúl estaba temeroso de David, por cuanto Jehová estaba con él, y se había apartado de Saúl” (1 Sam 18:10-12).