martes, 1 de septiembre de 2009

AMIGO DE PECADORES

En Lucas 7 leemos la historia de un fariseo llamado Simón, que invito a Jesús a su casa para cenar. No estoy seguro de por qué un fariseo invitaría a Jesús a cenar, además de hacer entrar a otros estrictos líderes religiosos a cenar con Él. Una razón comprensible podría ser que Simón y sus amigos querían determinar si Jesús era o no un profeta genuino. El pasaje demuestra claramente que Simón sabía de la reputación de Jesús como profeta (Lucas 7:39).

 

 La Escritura no dice lo que este grupo conversó alrededor de la mesa, pero podemos asumir que tenía que ver con la teología. Los fariseos se habían especializado en el asunto y ya habían tratado de hacer caer a Jesús con preguntas capciosas. Pero Cristo sabía lo que había en el corazón de estos hombres, y se hizo rápidamente evidente. Lo siguiente que leemos es que una mujer de la calle “que era pecadora” irrumpió en la escena. La Palabra nos dice que Él se volvió a la mujer (Lucas 7:44). Aquí vemos a Jesús mostrándonos dónde debe estar nuestro enfoque: no en la falsa religión, ni en los falsos maestros, sino en los pecadores.

 

Apartando su mirada de Simón y sus invitados, Jesús se volvió a la mujer y le dijo: “Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho…Tu fe te ha salvado, ve en paz” (Lucas 7:47,50). Vemos a Jesús revelando la razón por la que vino: para ser amigo y restaurar al caído, al que no tiene amigos, a aquéllos derrotados por el pecado. Y hoy, nos dice: “De esto se trata todo mi ministerio”.

 

Asimismo, dice el apóstol Pablo, éste debe ser nuestro enfoque. No debemos juzgar al caído, sino, por el contrario, buscar restaurarlo y quitarle su oprobio. De hecho, Él hizo de esto, la prueba de la verdadera espiritualidad: una disposición de restaurar al caído. “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado” (Gálatas 6:1). Pablo luego, añade rápidamente la siguiente instrucción de la voluntad de Cristo: “Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo” (6:2). ¿Cuál es la ley de Cristo? Es el amor: “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros” (Juan 13:34).