martes, 15 de septiembre de 2009

APRENDIENDO A PERDONARNOS A NOSOTROS MISMOS

Para mí, ésta es la parte más difícil del perdón. Como cristianos, estamos dispuestos a ofrecer la gracia de nuestro Señor al mundo, pero a menudo somos mezquinos en ofrecérnosla a nosotros mismos.

 

Considere al Rey David, que cometió adulterio y luego asesinó al esposo para cubrir su ofensa. Cuando su pecado fue expuesto, David se arrepintió y el Señor envió al profeta Natán para decirle: “Tu pecado ha sido perdonado”. Aun así, aunque David sabía que había sido perdonado, había perdido su gozo. El oró: “Hazme oír gozo y alegría, y se recrearán los huesos que has abatido…Vuélveme el gozo de tu salvación, y espíritu noble me sustente” (Salmos 51:8,12)

 

¿Por qué estaba David tan perturbado? Este hombre había sido justificado delante del Señor, y tenía paz a través de la promesa de Dios del perdón. Sin embargo, es posible que sus pecados sean borrados del libro de Dios, mas no de su conciencia. David escribió este salmo porque él quería que su conciencia deje de estar condenándolo por sus pecados. Y David no podía perdonarse a sí mismo. El soportaba la pena de agarrarse de la falta de perdón, una falta de perdón dirigida hacia sí mismo, y eso equivale a la pérdida del gozo. El gozo del Señor viene hacia nosotros como un fruto por haber aceptado su perdón.

 

Me ha impactado grandemente la biografía de Hudson Taylor. El fue uno de los misioneros más efectivos en la historia, un piadoso hombre de oración que estableció iglesias a lo largo del vasto interior de China. Pero él ministró durante años sin gozo. Estaba abatido por sus luchas, agonizando por sus anhelos secretos y pensamientos de incredulidad.

 

En 1869 Taylor experimentó un cambio revolucionario. El pudo darse cuenta de que Cristo tenía todo lo que él necesitaba, sin embargo ni sus lágrimas, ni su arrepentimiento pudieron hacer que cayeran las bendiciones sobre él. Taylor reconoció que había sólo un camino hacia la plenitud de Cristo: a través de la fe. Toda promesa que Dios haya hecho al hombre, requería fe. Así que Taylor decidió avivar su fe, lamentablemente ese esfuerzo también fue en vano. Finalmente en la hora más oscura, el Espíritu Santo le dio una revelación: la fe no viene por el esfuerzo, sino por el descanso en las promesas de Dios. Ese es el secreto para recibir todas las bendiciones de Cristo.

 

Taylor se perdonó a sí mismo por los pecados que Cristo ya había dicho que fueron echados en el fondo del mar. Y porque descansó en las promesas de Dios, él pudo convertirse en un siervo gozoso, que continuamente echaba todas sus cargas al Señor.