jueves, 3 de noviembre de 2016

CUANDO DIOS ENCIENDE UN FUEGO

Cuando los ciento veinte discípulos se reunieron fielmente en el aposento alto, no estaban simplemente esperando una fecha en el calendario. La Biblia dice que: "estaban todos unánimes juntos" (Hechos 2:1). Esto significa que se habían reunido como un solo cuerpo con un propósito: la esperanza de ver cumplida la promesa de Jesús. Su clamor era el mismo que en los días de Isaías: "Señor, abre los cielos y desciende. Que todas las montañas de oposición, humanas y demoníacas, se derritan en Tu presencia, para que los perdidos sean salvos "(Isaías 64:1).
CAE EL FUEGO VISIBLE
Sabemos lo que pasó: El Espíritu Santo cayó, como fuego visible que se apareció sobre las cabezas de los discípulos. Este derramamiento santo los llevó a las calles de Jerusalén, donde miles de religiosos sin vida vieron y escucharon lo que estaba sucediendo. Inmediatamente el Espíritu cayó sobre esa multitud, derritiendo cada montaña de oposición. Pedro se levantó para predicar, y de repente aquellos que habían rechazado a Jesús – las masas que habían endurecido sus corazones - se derritieron al mencionar el nombre de Cristo, y tres mil personas exteriorizaron su clamor por ser salvas.
EL ENFOQUE DE DIOS
Considera lo que Dios estaba haciendo. En todo el mundo en ese momento, había guerras, levantamientos, grandes tinieblas e imperios que invadían naciones. Múltiples millones estaban ocupados con el comercio, mientras los cargueros y las caravanas de comercio atravesaban el globo. Sin embargo, el interés y el enfoque de Dios estaba en ciento veinte humildes santos que oraban, reunidos en una pequeña habitación alquilada. ¿Qué nos dice esto? En pocas palabras, cuando Dios enciende un fuego, debe haber madera para que se prenda. Mientras su Espíritu soplaba sobre aquellos santos en Pentecostés, una temblorosa llama se convirtió en un fuego que pronto cubriría toda la tierra.
Una vez más, el mismo clamor se está levantando en todo el mundo hoy.