lunes, 21 de julio de 2014

ABRE MIS LABIOS by Gary Wilkerson

Cuando Dios enciende un fuego en nosotros, no es sólo para nuestro beneficio. Es para que ardamos con celo por los perdidos en nuestras comunidades y alrededor del mundo. Si permitimos que esta llama arda en nosotros, ésta nos obligará a llevar las buenas nuevas más allá de las paredes de nuestras iglesias. Nos daremos cuenta de que "…había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo, y no pude".

Simplemente no podemos contener nuestro celo cuando somos limpiados personalmente por Dios y somos llenos con un hambre persistente por tener Su vida habitando en nosotros. Esto nos hace querer gritar sus alabanzas al mundo. Algunos de los mejores adoradores del domingo que yo conozco, son los que claman: "Gracias Jesús, porque hoy mi compañero de trabajo está sentado a mi lado, ¡experimentando tu maravilloso amor!"

Si no tenemos ese tipo de fuego, no importa lo poderoso que sean nuestros cultos dominicales. Las llamas del cielo podrían reposar sobre nuestras cabezas y todos podríamos caer sobre nuestros rostros en perplejidad, pero esas cosas por sí solas no muestran el poder de pentecostés. Si el avivamiento está contenido dentro de la iglesia, probablemente no sea avivamiento. Si hay un verdadero fuego ardiendo, seremos movidos a crear un incendio en nuestra ciudad. Nuestra oración debe ser: "Dios, si vas a tocarme con una chispa, entonces hazme hablar a los pecadores. Úngeme para enseñarles sobre Tu amor. Envíame por las sendas con el apremiante amor de Jesús".

Si el fuego del Espíritu Santo de Dios está operando en tu vida, puedes estar seguro de que tu vida ya no es una chispa sino una antorcha.