viernes, 16 de noviembre de 2012

LIBERACIÓN DE SODOMA

La mayoría de nosotros pensamos en Sodoma como tipo de ciudad perversa de los tiempos modernos tales como San Francisco, Nueva York o Nueva Orleans. Pero la verdad es que solamente necesitamos mirar nuestros propios corazones para encontrar a Sodoma. Todos hemos nacido con una naturaleza Sodomita, un corazón extremadamente malvado, lleno de cada cosa mala. “Antes en el corazón maquináis iniquidades; hacéis pesar la violencia de vuestras manos en la tierra” (Salmos 58:2)

Yo creo que el siguiente pasaje revela como Dios nos libera de Sodoma:

“Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia” (2da Pedro 1:3-4)

Dios viene a nosotros en nuestra condición engañosa y atada, con poderosas promesas de total y completa liberación. El dice: “Prometo liberarte y guardarte de iniquidad. Te daré un corazón que me obedezca, ahora permite que Mis promesas sean tu sostenimiento”.

Que maravillosa y liberadora verdad. Somos sacados de nuestro pecado cuando nos aferramos a las promesas de Dios. Piensa en esto por un momento. Pedro dice que los creyentes a quienes se dirige en esta epístola habían “huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia” (Verso 4). ¿Cómo escaparon del pecado estos cristianos? Les fue dado un poder divino, vida y piedad, a través de su fe en las promesas de Dios.

Amado, tu Padre quiere que conozcas la plenitud del gozo en Cristo. Ese gozo estallará solamente cuando seas libre del poder del pecado. Así que, permite que el Espíritu Santo entre a la matriz de tus concupiscencias y quite todo lo que no es a semejanza de Cristo. Ora al Señor ahora mismo:

“Oh, Padre, estoy de acuerdo contigo acerca de mi pecado. El hedor de mi transigencia ha alcanzado el cielo y yo sé que se tiene que ir inmediatamente. Señor, recibo tu amoroso divino ultimátum y rindo todo a ti. Quema todo lo malo en mí y permite que Tus promesas sostengan mi corazón. Guíame a tu monte santo”.