miércoles, 30 de junio de 2010

DÍA CUARENTA Y UNO

Suponga que usted se acercara a Jesús en el día cuarenta y uno, el día siguiente de su tentación en el desierto. Su rostro resplandeciente, lleno de regocijo, alabando al Padre, porque acaba de ganar una gran victoria.

Ve a Jesús rebosante de vida y confianza. Ahora está listo para enfrentar los poderes del infierno. Así que se dirige confiadamente a las grandes ciudades que habitan en tinieblas. Predica el evangelio, convencido de la Palabra de Dios. Y sana a los enfermos, sabiendo que Su Padre está con Él.

Ahora, mientras usted examina su propia vida, ve justamente lo opuesto. Usted sigue enfrentando su propia experiencia árida del desierto. Ha soportado ataques feroces de Satanás, y su alma está derribada. No puede evitar el pensamiento: “Jesús nunca pasó estas pruebas que yo estoy pasando. Él está muy por encima de todo esto”.

Quizás usted vea a un ministro que aparenta estar fuerte en la fe; suena tan seguro en la presencia de Dios que usted dice: “Él nunca ha tenido problemas como los míos”. ¡Si tan sólo supiera! Usted no estuvo ahí, cuando Dios llamó a este hombre a predicar y luego lo llevó al desierto para ser duramente tentado. Usted no estuvo ahí, cuando este hombre fue reducido a nada, derrotado por la falta de esperanza. Y usted no sabe que, a menudo, sus mejores sermones han sido producto de las pruebas en su propia vida.

Pablo nos advierte que no comparemos nuestra justicia con lo que pensamos que es la justicia de otros: “Porque no nos atrevemos a contarnos ni a compararnos con algunos que se alaban a sí mismos; pero ellos, midiéndose a sí mismos por sí mismos, y comparándose consigo mismos, no son juiciosos” (2 Corintios 10:12).

No podemos ver los corazones de los demás. ¿Quién hubiera sabido que Jesús, en el día cuarenta y uno, acababa de salir de una tentación larga y horrible? ¿Quién hubiera sabido que la gloria que se vio en Él, brotaba de una lucha peor que la que cualquiera pudiera soportar?

Debemos ver sólo a Jesús. Y debemos apoyarnos sólo en su justicia, su santidad. Él nos ha dado a todos el mismo acceso a ello.

Dios le ama en sus momentos de prueba. Su propio Espíritu le ha guiado al desierto. Sin embargo, Su propio Hijo ya estuvo ahí, y sabe exactamente lo que usted está pasando. Permítale completar su obra de edificar en usted una dependencia y confianza total en Él. Saldrá de ahí con la confianza, la compasión y la fuerza de Dios para ayudar a otros.

martes, 29 de junio de 2010

ADELANTE, LLORE

Cuando tenga el mayor dolor, ¡vaya a su lugar secreto y llore toda su desesperanza!

Jesús lloró. Pedro lloró, ¡amargamente! Pedro llevó consigo el dolor de negar al mismo hijo de Dios. Aquellas lágrimas amargas obraron en él un dulce milagro. Él volvió para sacudir el reino de Satanás.

Jesús nunca aleja su mirada de un corazón que llora. Él dijo: “Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Salmos 51:17). Jamás dirá el Señor: “¡Guarda la compostura! ¡Ponte de pie y toma tu medicina! ¡Cálmate y seca tus lágrimas!”. ¡No! Jesús guarda toda lágrima en su frasco eterno.

¿Le duele? Entonces adelante ¡llore! Y siga llorando hasta que sus lágrimas dejen de correr. Pero que dichas lágrimas sólo provengan del dolor, y no de la incredulidad ni de la autocompasión.

La vida continúa. Se sorprendería si supiera cuánto puede soportar cuando Dios lo ayuda. La felicidad no es vivir sin dolor o heridas. La verdadera felicidad es aprender cómo vivir cada día, a pesar de todo el dolor y la pena. Es aprender a regocijarse en el Señor, sin importar lo que haya sucedido en el pasado.

Quizás usted se sienta rechazado o abandonado. Su fe puede haberse debilitado. Quizás piense que está de capa caída. En ocasiones, la tristeza, las lágrimas, el dolor y el vacío pueden absolverlo, pero Dios sigue en Su trono. ¡Él sigue siendo Dios!

Usted no se puede ayudar a sí mismo. No puede detener la pena y el dolor. Pero nuestro bendito Señor vendrá a usted. Y colocará su mano amorosa debajo de usted para levantarlo y sentarlo otra vez en los lugares celestiales. Él lo librará del temor a morir. Él le revelará su amor infinito.

¡Alce sus ojos! Aliéntese en el Señor. Cuando la neblina le rodee, y no pueda ver salida alguna para su dilema, recuéstese en los brazos de Jesús y solamente confíe en Él. Él quiere su fe, su confianza. Quiere que usted levante su voz: “¡Jesús me ama! ¡Él está conmigo! ¡Él no me va a fallar! ¡Él está obrando en ello ahora mismo! ¡No seré derribado! ¡No seré derrotado! ¡No seré una víctima de Satanás! ¡Dios está de mi lado! ¡Yo lo amo y Él me ama!

El centro de todo es la fe. Y la fe descansa sobre esta verdad absoluta: “Ninguna arma forjada contra ti prosperará…” (Isaías 54:17).

lunes, 28 de junio de 2010

LA MEDIDA DE LA GLORIA DE DIOS

“Les dijo también…con la medida con que medís, os será medido, y aun se os añadirá a vosotros los que oís. Porque al que tiene, se le dará; y al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará” (Marcos 4:24–25).

Jesús sabía que estas palabras pudieran sonar extrañas en oídos no espirituales, así que precede Su mensaje diciendo: “Si alguno tiene oídos para oír, oiga” (Marcos 4:23). Jesús nos está diciendo: “Si tu corazón está abierto al Espíritu de Dios, entenderás lo que tengo que decirte”.

¿Qué, exactamente está diciendo Jesús en este pasaje? Está hablando de la gloria de Dios en nuestras vidas, esto es, la presencia manifiesta de Cristo. En resumen, el Señor mide su presencia gloriosa en diversas cantidades, sea en iglesias o en individuos. Algunos no reciben nada de su gloria. Sin embargo, otros reciben una medida siempre creciente, que emana de sus vidas e iglesias en cantidades cada vez mayores.

Dios ha prometido derramar su Espíritu a su pueblo en estos últimos días. De hecho, toda la Escritura apunta a una iglesia triunfante, llena de gloria al final de los tiempos. Jesús mismo dijo que las puertas del infierno no prevalecerán contra la iglesia. No iremos cojeando al cielo, golpeados, deprimidos, derrotados, desanimados. No, nuestro Señor dará más poder a su iglesia. Este poder no será manifestado tan sólo con señales y prodigios. Será revelado en su pueblo, en la gloriosa transformación de corazones tocados por el Espíritu de Dios.

¿Cómo podemos obtener una mayor medida, siempre creciente de la gloria de Cristo? El Señor nos los dice muy claramente: “con la medida con que medís, os será medido” (Marcos 4:24). Jesús está diciendo: “Según la porción de ti mismo que me des a mí, te devolveré una porción similar. Trataré contigo en la manera en que tú tratas conmigo. Cualquiera que sea la medida que me atribuyas, Yo te la atribuiré a ti”.

Si usted atribuye a Dios pereza y flojera, tomando por sentada su gran obra, usted será tratado con un espíritu de sueño. “La pereza hace caer en profundo sueño, y el alma negligente padecerá hambre” (Proverbios 19:15). Como resultado, su alma tendrá hambre, incapaz de ser saciada.

El amor, la misericordia y la gracia de Dios hacia nosotros son ilimitados. El asunto aquí no es obtener su amor, misericordia o gracia, sino tener la bendición de su gloria en nuestras vidas.

Jesús declara que Él mide distintas cantidades de Su gloria en nosotros, según cómo lo medimos a Él en nuestro corazón. Nuestra labor es simplemente acercarnos siempre a Él, en nuestra adoración, obediencia y diligencia.

domingo, 27 de junio de 2010

CUANDO NOS DUELE

De una manera u otra, todos sentimos dolor. Toda persona en la Tierra lleva su propia carga de dolor.

Cuando uno está profundamente dolido, ninguna persona en la Tierra puede apagar los temores internos ni las más profundas agonías. Ni el mejor amigo puede entender la batalla que uno está pasando o las heridas infringidas.

¿Existe algún bálsamo para un corazón quebrantado? ¿Hay sanidad para aquellas profundas heridas internas? ¿Se pueden juntar los pedazos y hacer que el corazón sea aun más fuerte? ¡Sí! ¡Absolutamente sí! Y si no se pudiera, entonces la Palabra de Dios sería una trampa y Dios mismo sería un mentiroso. ¡Eso no puede ser!

Dios no le prometió a usted una forma de vida sin dolor. Él le prometió una “salida”, le prometió ayudarle a llevar su dolor; fuerzas para ponerlo otra vez de pie cuando la debilidad lo hace tambalear.

Nuestro Padre amoroso dijo: “No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar” (1 Corintios 10:13).

Su Padre celestial cuida de usted sin parpadear. Cada movimiento es monitoreado. Cada lágrima es almacenada. Él se identifica con su mismo dolor. Él siente todo dolor. Nunca permitirá que usted se ahogue en sus lágrimas. No permitirá que su dolor deteriore su mente. Él promete venir, justo a tiempo, para enjugar sus lágrimas y darle gozo en lugar de luto.

Usted tiene la capacidad de hacer que su corazón se regocije y se alegre en el Señor. El ojo de Dios está sobre usted y le ordena levantarse y soltar todos esos miedos que causan duda.

jueves, 24 de junio de 2010

TODA LA GRACIA QUE NECESITAMOS PARA VENCER

Con frecuencia hemos oído definir gracia como favor no merecido y bendición de Dios. Sin embargo, creo que la gracia es mucho más que esto. En mi opinión, gracia es todo lo que Cristo es para nosotros en nuestros tiempos de sufrimiento: el poder, la fuerza, la ternura, la misericordia y el amor para llevarnos a través de nuestras aflicciones.

Mientras miro los años pasados, años de grandes pruebas, sufrimiento, tentación y aflicción; puedo testificar que la gracia de Dios ha sido suficiente. Sé lo que es cuestionar a Dios mientras mi esposa soportaba el cáncer, vez tras vez, y luego nuestras dos hijas fueron también golpeadas. Hoy, las tres están saludables y fuertes y por ello doy gracias al Señor. Sé también, lo que es ser abofeteado por un mensajero de Satanás. He sido gravemente tentado y he tenido enemigos levantándose contra mí por todos lados. He sido azotado por rumores, acusado falsamente y rechazado por mis amigos. En aquellos momentos de oscuridad, caía sobre mis rodillas y clamaba a Dios.

Su gracia siempre me ha llevado a través de todo. Y eso es suficiente por hoy. Luego, algún día en gloria, mi Padre me revelará el hermoso plan que tenía de principio a fin. Me mostrará cómo obtuve paciencia a través de todas mis tribulaciones; cómo aprendí compasión por los demás; cómo se perfeccionó su poder en mi debilidad; cómo aprendí de su asombrosa fidelidad hacia mí; cómo anhelaba ser más como Jesús.

Quizás aún nos preguntemos por qué, pero eso sigue siendo un misterio. Estoy preparado para aceptarlo hasta que Jesús venga por mí. No veo final para mis pruebas y aflicciones. Las he tenido durante más de cincuenta años de ministerio, y sigo contándolas.

Aun así, a lo largo de todo, se me sigue dando una medida siempre creciente del poder de Cristo. De hecho, mis grandes revelaciones de su gloria han venido durante mis tiempos más duros. Así también, en sus momentos más bajos, Jesús pondrá en usted la medida completa de su poder.

Quizás nunca entendamos nuestro dolor, depresión o incomodidad. Quizás nunca sepamos por qué nuestras oraciones por sanidad no fueron respondidas. Pero no tenemos que saber por qué. Nuestro Dios ya nos respondió: “Tienes mi gracia, y, amado hijo, eso es todo lo que necesitas”.

miércoles, 23 de junio de 2010

RESISTID Y ÉL HUIRÁ

Satanás tentó a Jesús con la siguiente oferta: “Todo esto te daré, si postrado me adorares” (Mateo 4:9). Esto suena tan extraño, tan ridículo, ¿cómo podría ser considerado como una tentación? Aunque usted no lo crea, ésta era una tentación sutil y poderosa. Satanás estaba desafiando a Jesús, al decirle: “Te prometo que si tan sólo te inclinas levemente a mis pies, en un sencillo acto de adoración, abandonaré la pelea. Rendiré todo mi poder sobre estos reinos. Ya no poseeré a nadie ni esclavizaré a ninguno. Sé que amas a la humanidad tanto como para ser maldecido por Dios por causa de ellos. Entonces, ¿por qué esperar? Te puedes sacrificar ahora mismo, y liberar al mundo a partir de este momento”.

¿Por qué estaba dispuesto el diablo a rendir todo su poder por esto? Estaba tratando de salvar su propio pellejo. Satanás sabía que su destino eterno estaba determinado en el Calvario. Así que, si él pudiera tan sólo impedir que Jesús fuera a la cruz, podría librarse de tal destino.

Usted se estará preguntando: “¿Qué tiene que ver esto conmigo?” Satanás sigue tentando a los justos con una oferta similar. Satanás viene a nosotros con amenazas y acusaciones. Nos dice: “No tienes que adorarme, porque yo ya tengo acceso a tu carne. Conozco todas tus debilidades. Así que, anda nomás y testifica sobre tu libertad en Cristo. Cuando estés cantando tus alabanzas más fuertes, me impondré sobre tu mente con maldad. Traeré tu pecado a ti de una forma tan poderosa, que perderás toda esperanza de ser libre. No tienes poder”.

¿Cómo respondemos a las acusaciones de Satanás? “Resistid al diablo, y huirá de vosotros” (Santiago 4:7). No importa cuántas tentaciones Satanás lance sobre usted. Usted no tiene por qué temer ningún pecado de su pasado. Si la sangre de Cristo lo ha cubierto, entonces el diablo no puede hacer nada para separarlo a usted del Padre.

martes, 22 de junio de 2010

CUANDO SURGEN PREGUNTAS

“Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre. Y vino a él el tentador, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan” (Mateo 4:2-3).

En el momento en que Jesús era físicamente vulnerable, el diablo trajo su primera tentación.

No había pecado en tener hambre. Así que, ¿cuál era el asunto aquí? Satanás estaba desafiando a Jesús: “Si eres completamente Dios, entonces tienes el poder de Dios en ti. Y ahora mismo, estás en una situación muy dura. ¿Por qué no usas el poder que Dios te ha dado para librarte a ti mismo? ¿No te dio Él dicho poder para ver si lo usarías correctamente?”.

Acá tenemos una de las tentaciones más insidiosas que enfrenta el verdadero pueblo de Dios. Como Jesús, el ejemplo, usted tiene una pasión por Dios. Ha decidido rendirse a Él con todo su corazón. Luego el Señor lo lleva a experimentar el desierto y, luego, surgen preguntas. Usted comienza a desorientarse y duda sobre el propósito eterno de Dios en su vida. Y mientras trata de orar y obtener la victoria, las tentaciones de Satanás parecieran ser más feroces que nunca.

El enemigo quiere que usted viva independientemente del Padre. El diablo dice: “Tu sufrimiento no es de Dios. No tienes que pasar por esto. Tienes el poder de Dios en ti, por el Espíritu Santo. Di la palabra, libérate a ti mismo. Satisface tu propia hambre”.

La primera artimaña de Satanás fue crear un fracaso del poder. Esperaba que Dios no honrase el clamor de Jesús por pan, si lo hubiera pedido. Si el poder del cielo fallara, entonces Cristo dudaría de su divinidad y se alejaría de su propósito eterno en la Tierra. Segundo, Satanás sabía que Jesús fue enviado para hacer sólo lo que el Padre le dijo. De modo que se propuso convencer a Cristo a que desobedezca por su propio bienestar. De esa forma, si Jesús usaba su poder ahora, para evitar el sufrimiento, podría hacer lo mismo luego, para evitar la cruz.

Así que, ¿cómo respondió Jesús a la tentación del diablo? “Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4). Cristo dijo, en esencia: “Mi venida a la Tierra no tiene que ver con mis necesidades, dolores, heridas o comodidad física. He venido a dar a la humanidad, no a salvarme a mí mismo”.

Aun en ese nivel de sufrimiento, Jesús no perdió de vista su propósito eterno. Y si nuestro Señor aprendió dependencia y compasión a través de una experiencia en el desierto, nosotros también.

lunes, 21 de junio de 2010

UN VIAJE POR EL DESIERTO

Dietrich Bonhoeffer, el teólogo alemán, esbozó al cristiano como alguien tratando de cruzar un mar con pedazos de hielo flotando. El cristiano no puede quedarse en ningún lugar mientras cruza, excepto en su fe, que Dios lo hará. No puede detenerse mucho tiempo en ningún lugar, de lo contrario se hunde. Después de dar un paso, debe estar atento del siguiente. Debajo de él está el abismo y delante de él, la incertidumbre, pero siempre más adelante, está el Señor, ¡firme y seguro! Él no ve la tierra aun, pero ahí está: una promesa en su corazón. ¡Así que el viajero cristiano mantiene sus ojos fijos en su meta!

Prefiero pensar en la vida como un viaje por el desierto, como el de los hijos de Israel. Y la batalla del rey Josafat, junto con todos los hijos de Judá, es también nuestra batalla (ver 2 Crónicas 20). De hecho, se trata de un desierto; sí, hay serpientes, pozos secos, valles de lágrimas, ejércitos enemigos, arenas calientes, sequía, montañas intransitables. Pero cuando los hijos del Señor se pararon firmes para ver Su salvación, Él les puso una mesa en medio de dicho desierto, llovió maná del cielo, destruyó ejércitos enemigos con su solo poder, sacó agua de las rocas, quitó el veneno de las mordidas de serpientes, los guió con la columna y la nube, les dio leche y miel, y los trajo a la Tierra Prometida con mano fuerte y poderosa. Y Dios les mandó que le dijeran a todas las generaciones venideras: "No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos" (Zacarías 4:6).

Cese de buscar ayuda en la dirección incorrecta. Apártese con Jesús en un lugar secreto; cuéntele todo acerca de su confusión. Dígale que no tiene otro lugar a dónde ir. Dígale que confía que Él lo llevará al otro lado. Será tentado a tomar el asunto en sus propias manos. Querrá descifrar las cosas a su manera. Se preguntará incluso si Dios está obrando. No hay nada que perder. Pedro lo resumió todo: "¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna" (Juan 6:68).

"Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más" (Isaías 45:22).

"Mas yo a Jehová miraré, esperaré al Dios de mi salvación; el Dios mío me oirá" (Miqueas 7:7).

domingo, 20 de junio de 2010

MIENTRAS LOS CIMIENTOS SE SACUDEN

Mientras todos los cimientos del mundo se están sacudiendo y Satanás ruge como un león enojado, y en todos lados hay confusión, violencia, e incertidumbre, aquéllos que confían en el Señor, que están seguros en él, estarán firmes para ver la salvación de Dios con sus corazones y mentes en paz. Ellos pueden disfrutar descanso y dulces sueños, sin temor de las condiciones alrededor de ellos.

Les doy algunas gloriosas promesas de Dios para todos los que confían en él durante estos tiempos peligrosos.

  • • "El camino de Dios es perfecto y acrisolada la palabra de Jehová. Escudo es a todos los que en él esperan…" (2 Samuel 22:31).
  • "Muestra tus maravillosas misericordias, tú que salvas a los que se refugian a tu diestra de los que se levantan contra ellos" (Salmo 17:7).
  • "¡Cuán grande es tu bondad, que has guardado para los que te temen, que has mostrado a los que esperan en ti, delante de los hijos de los hombres!" (Salmo 31:19).
  • "En lo secreto de tu presencia los esconderás de la conspiración del hombre; los pondrás en tu Tabernáculo a cubierto de lenguas contenciosas" (Salmo 31:20).
  • "Esforzaos todos vosotros, los que esperáis en Jehová, y tome aliento vuestro corazón" (Salmo 31:24).
  • "Encomienda a Jehová tu camino, confía en él y él hará" (Salmo 37:5).
  • "Pero la salvación de los justos es de Jehová y él es su fortaleza en el tiempo de angustia. Jehová los ayudará y los librará; los librará de los impíos y los salvará, por cuanto en él esperaron" (Salmo 37:39-40).
  • "En Dios, cuya palabra alabo, en Dios he confiado. No temeré. ¿Qué puede hacerme el hombre?" (Salmo 56:4).
  • "Pueblos, ¡esperad en él en todo tiempo! ¡Derramad delante de él vuestro corazón! ¡Dios es nuestro refugio!" (Salmo 62:8).
  • "Los que confían en Jehová son como el monte de Sión, que no se mueve, sino que permanece para siempre" (Salmo 125:1)
  • "El que confía en Jehová está a salvo" (Proverbios 29:25).

La única salvaguardia contra las mentiras y artimañas de Satanás es enfrentarlo con las promesas de Dios. La Palabra de Dios sigue siendo todopoderosa y el diablo todavía tiembla cuando nosotros estamos de pié firmes con esta Espada en la mano.

Hoy – ahora – asuma esa postura.

jueves, 17 de junio de 2010

UN ESPEJO

“Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús que estaba a la diestra de Dios, y dijo: veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está a la diestra de Dios” (Hechos 7:55-56).

Esteban representa lo que un verdadero Cristiano se supone que sea: uno que es lleno del Espíritu Santo con los ojos fijos en el Hombre en la gloria. Uno que refleja esa gloria de tal manera que todos los que la vean se asombren y sean maravillados. Uno que está con la mirada continuamente fijada en Cristo, siempre admirándolo, completamente ocupado con el Salvador glorificado.

Mire usted a la situación sin esperanza en la que se encontraba Esteban, rodeado por la locura religiosa, por la superstición, el prejuicio, y los celos. La multitud enardecida se abalanzó contra él con ojos desorbitados y sedientos de sangre, y la muerte se le avecinaba. ¡Qué circunstancias imposibles! Pero mirando hacia el cielo, él contempló a su Señor en la gloria, y súbitamente, el rechazo del gentío aquí en la tierra significó nada para él. Ahora él estaba por encima de todo, mirando a aquel que era invisible.

Una mirada fugaz de la gloria del Señor, una visión de su preciosa santidad, y Esteban ya no podía ser herido. Las piedras y los insultos furiosos eran todos sin efecto por el gozo puesto delante de él. Una mirada fugaz de la gloria de Cristo lo colocará a usted por encima de todas las circunstancias. Manteniendo sus ojos en Cristo, conscientemente buscándolo cada hora que esté despierto, provee paz y serenidad como nada más puede hacerlo.

“Por tanto, nosotros todos, mirando con el rostro descubierto y reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en su misma imagen, por la acción del Espíritu del Señor” (2 Corintios 3:18). Esteban capturó los rayos que emanaban del Hombre glorificado en el cielo y los reflejó a una sociedad que rechazaba a Cristo.

Cuán cierto es que nosotros llegamos a ser igual a lo que contemplamos. La correcta traducción debería leerse, “¡Nosotros todos, con el rostro descubierto reflejando la gloria, somos cambiados!”

La idea es que el Cristiano refleje, como un espejo, la gloria de lo que él mira continuamente. Somos nosotros los que somos “un espejo” mirando a Cristo, el objeto de nuestro afecto y llegando a ser como él en el proceso de contemplarlo.

Cuando el enemigo viene como un río y las circunstancias preocupantes nos abaten, necesitamos asombrar y condenar al mundo a nuestro alrededor con nuestro dulce reposo en Cristo. Ya que podemos ver en nuestra mente espiritual, esto podemos lograrlo al mantener nuestra mente permaneciendo en Cristo.

miércoles, 16 de junio de 2010

EL INEXORABLE AMOR DE DIOS

Quiero hablarle sobre la palabra inexorable. Significa no disminuido en intensidad o esfuerzo; que no cede, inalterable e incapaz de ser cambiado o persuadido por argumentos. Ser inexorable quiere decir mantener fijamente un curso determinado.

¡Qué descripción tan maravillosa del amor de Dios! El amor de nuestro Señor es absolutamente inexorable. Nada puede impedir o disminuir su búsqueda amorosa tanto de pecadores como de santos. David, el salmista, lo expresó de esta manera: "Detrás y delante me rodeaste… ¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás" (Salmos 139:5, 7–8).

David se está refiriendo a los grandes altibajos que enfrentamos en la vida. Está diciendo: "Hay momentos en los que estoy tan bendecido que me siento como flotando de gozo. En otros momentos, me siento como si estuviera viviendo un infierno, condenado e indigno. Pero no importa donde estoy, Señor, no importa cuán bendecido me sienta, o cuán baja sea mi condición, Tú estás ahí. No puedo escapar de tu amor inexorable. Y tampoco puedo ahuyentarlo. Tú nunca aceptas mis argumentos de cuán indigno soy. Aun cuando soy desobediente, pecando contra tu verdad, tomando por sentada tu gracia, nunca dejas de amarme. ¡Tu amor por mí es inexorable!

Necesitamos considerar el testimonio del apóstol Pablo. Mientras leemos sobre la vida de Pablo, vemos a un hombre decidido a destruir la iglesia de Dios. Pablo era como un desquiciado en su odio hacia los cristianos. Respiraba amenazas de muerte contra todo aquél que siguiera a Jesús. Pedía la autorización del sumo sacerdote para perseguir creyentes, sacarlos de sus casas y arrastrarlos a la prisión.

Después de convertirse, Pablo testificó que aun durante esos años llenos de odio, mientras él estaba lleno de prejuicios, matando ciegamente a los discípulos de Cristo, Dios lo amaba. El apóstol escribió: "Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros" (Romanos 5:8). Dijo, en esencia: "Aunque yo no era consciente de ello, Dios me estaba buscando. Él insistía en buscarme en amor, hasta aquél día en el que literalmente me derribó de mi gran caballo. Eso fue el inexorable amor de Dios".

A través de los años, Pablo estaba cada vez más convencido de que Dios lo amaría fervientemente hasta el fin, a través de todos sus altibajos. Él declaró: "Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro" (Romanos 8:38–39). Estaba declarando: "Ahora que soy de Dios, nada puede separarme de su amor. Ningún diablo, ni demonio, ni principado, ni hombre, ni ángel; nada puede impedir que Dios me ame".

martes, 15 de junio de 2010

UNA VOZ

La definición de Juan el Bautista acerca de su ministerio era franca y simple: "Yo soy la voz de uno que clama en el desierto" (Juan 1:23). Este siervo del Altísimo, del cual dicen las Escrituras que era el mayor "entre los que nacen de mujer," era el más bendecido de todos los profetas y un predicador de justicia reverenciado.

Las multitudes se juntaban para escuchar los mensajes de fuego que daba Juan. Muchos fueron bautizados y se hicieron sus discípulos, y aún los de la realeza vinieron bajo su influencia. Algunos pensaron que él era Cristo; otros lo consideraban ser Elías resucitado de los muertos.

Juan rehusó ser exaltado o promocionado. Él estaba carente de servirse a sí mismo, y continuamente se alejaba de ser el centro de atención. A sus propios ojos, el mayor de los profetas ni se consideraba digno de ser llamado un hombre de Dios – sino sólo una voz en el desierto, modesto, retraído, y sin interés en recibir honores o sentirse útil. A él no le importó tener un ministerio o ser "poderosamente usado por Dios." De hecho, él se consideraba indigno de aún tocar las sandalias de su Maestro. Su vida entera estaba consagrada al "Cordero de Dios que quita los pecados del mundo" (Juan 1:20).

Qué poderosa reprimenda para nosotros en esta época de preocupación del yo, de promover nuestras personalidades, de acaparar influencias, de enaltecer el ego, y de buscar honores. Juan pudo haberlo tenido todo, pero él clamó, "Es necesario que él crezca, y que yo disminuya" (Juan 3:30). Y para llegar a esa meta, Juan continuó recordándoles a todos los que lo escuchaban, "Soy sólo una voz."

El secreto de la felicidad de Juan era que su gozo no estaba en su ministerio ni en su trabajo, ni en ser útil, ni en tener influencia. Su gozo puro era estar en la presencia del Novio, escuchar su voz, y regocijarse en ello. Su gozo estaba en ver a otros, incluyendo a sus discípulos, acudiendo a Jesús, el Cordero de Dios.

La plenitud más grande que un hijo de Dios puede conocer es perder su "yo" y todo deseo de ser alguien, y simplemente regocijarse en ser un hijo o una hija que vive en la presencia del Señor Jesucristo. Estar totalmente ocupado con Cristo es lo que satisface el corazón. Juan podía pararse ahí en el río Jordán con sus ojos puestos en Jesús, y deleitarse con su presencia. Él alimentó su alma de Cristo – su corazón siempre estaba yendo hacia Él en adoración y admiración.

lunes, 14 de junio de 2010

HOMBRE PROBADO

"Dios lo dejó, para probarle" (2 Crónicas 32:31).

Nos hemos preocupado tanto en probar a Dios que no hemos preparado nuestros corazones para las grandes pruebas de la vida en las que Dios prueba al hombre. ¿Puede ser que la gran prueba que usted está ahora afrontando, la carga que usted está llevando, es, en realidad, Dios obrando en usted, probándolo?

"Probó Dios a Abraham, y le dijo: Toma ahora tu hijo… y ofrécelo allí en holocausto" (Génesis 22:1-2). Dios probó una nación entera para saber lo que en realidad había en su corazón. "Te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos" (Deuteronomio 8:2).

Vemos algo asombroso en 2 Crónicas 32:31: Dios dejó a un gran rey por una temporada, para probarlo. "Dios lo dejó, para probarle, para hacer conocer todo lo que estaba en su corazón".

A menudo, mientras el siervo del Señor se encuentra en una búsqueda correcta de la obra de Dios, éste se halla a sí mismo, aparentemente abandonado, probado hasta los límites de su resistencia y dejado solo en la batalla contra las fuerzas del infierno. Todo hombre que haya sido bendecido, ha sido probado de la misma manera.

¿Se encuentra usted en circunstancias extrañas? ¿Se siente solo y abandonado? ¿Pelea una batalla perdida contra un enemigo impredecible? Éstas son señales de un proceso de prueba.

La victoria siempre es deseada, pero en caso de fallar, recuerde: Es aquello que queda en su corazón en lo que Dios está interesado, su actitud después de haber ganado o perdido la batalla solitaria. Su devoción hacia Él a pesar del fracaso, es el deseo de Dios.

Jesús ha prometido nunca dejarnos o abandonarnos, pero el registro de la Escritura revela que hay momentos en los que el Padre abstiene su presencia para probarnos. Aun Cristo experimentó ese momento solitario en la cruz. Es en esos momentos, en los que nuestro bendito Salvador es más sensible a nuestras debilidades, y susurra: "Yo oro por ti, que tu fe no falte".

Jesús dice que debemos tomar nuestra cruz y seguirle (ver Mateo 16:24). ¿Qué es la cruz? Es la carne con su fragilidad y debilidad. Tómela, muévase en fe, y la fuerza de Dios se perfeccionará en usted. La cruz del "yo" y el pecado, que usted lleva, ¿es muy pesada? Entonces, amigo mío, tome su cruz y siga. ¡Él entiende y está ahí, a su lado, para levantar la pesada carga!

domingo, 13 de junio de 2010

EL MAYOR SUFRIMIENTO DE CRISTO ES CUANDO AQUELLOS QUE ÉL AMA DESCONFÍAN DE ÉL

Jesús amó a Lázaro y a sus hermanas María y Marta con mucho cariño. La casa de ellos era un oasis para el Maestro. Sabemos que Lázaro y su familia amaron a Jesús, pero las Escrituras son más enfáticas en mostrar el amor que Cristo les tenía: "el que amas está enfermo" (Juan 11:3).

Cuando Jesús escuchó eso, él les envió un mensaje: "Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella" (v. 4).

¡Jesús sabía que su Padre tenía la intención de que este milagro fuese para darle a él gloria y darle a ellos confianza y fe! Pero qué experiencia de profundo sufrimiento llegó a ser esto para Jesús. Los discípulos dudaron de él, María y Marta dudaron de él, y también los amigos de Lázaro que lo lloraban.

¿Supo María cuán profundamente lo hirió cuando ella locusó de ser despreocupado y desinteresado con su problema? "Señor, si hubieras llegado aquí a tiempo – pero ahora es tarde, el daño ha sido hecho" (ver v. 21).

¿Supo Marta cuánto hirió a su Maestro cuando ella cuestionó su poder de resurrección? Él le había dicho plenamente, "tu hermano resucitará," pero su palabra no fue suficiente. Ella respondió en esencia, "Oh, sí, en el día de la resurrección él se levantará, pero eso no nos ayuda hoy día" (ver v. 24).

Cuán doloroso debe haber sido para Cristo que sus amigos más amados dudaren que él tuviera todo el poder que ellos necesitaran. "¿No saben todavía quién soy yo?" es lo que el Señor parece decir. "Yo soy la resurrección y la vida. Crean en mí. Yo tengo el poder, la vida" (ver v. 25).

Yo no creo que sepamos cuán profundo su dolor era en ese momento. Sus propios discípulos no podían alcanzar a entender el concepto de quién era él. Era suficientemente doloroso que su propio pueblo no lo conociera, pero ¿podrían aquellos a los que amaba entrañablemente no reconocer su poder? ¿Pudo él haberse dicho a sí mismo, "Ni aún mis amados amigos creen – quién podrá entonces creer?"

¡Lo que le causa tanto dolor y pena a nuestro Señor es que dudemos de su poder! Si nosotros, sus amados amigos, no confiamos en su poder y fidelidad, entonces ¿quién lo hará? Lo llamamos amigo y Señor, pero no vivimos nuestras vidas como si él tuviera el poder necesario para mantenernos victoriosos y gozosos – en todos nuestros dolores y dificultades.

Lo que verdaderamente satisface el corazón de nuestro Señor es aquél hijo suyo que descansa completamente en su amor y en su tierno cuidado.

jueves, 10 de junio de 2010

LA CASA DE DIOS CONVERTIDA EN CUEVA DE LADRONES

Jesús subió a Jerusalén durante la pascua y entró en el templo (Juan 2:13-17). Lo que vio lo horrorizó. ¡Los mercaderes se habían apoderado de la casa de Dios! Él había entrado buscando una casa de oración y lo que encontró fue una preocupación con la promoción, exhibición, y venta de mercadería religiosa. Los líderes religiosos estaban ya contando sus ganancias. ¡Cuánta ocupación! Hombres de Dios se habían convertido en vendedores ambulantes de mercadería religiosa, correteando por doquier promocionando sus productos.

Mesas habían sido colocadas en todas partes de la casa de Dios para promocionar y vender ovejas, bueyes, palomas, dulces, inciensos, y otra mercadería para propósitos religiosos. El dinero cambiando de manos era el ruido más fuerte en la casa – dinero que hacían de Dios y de la religión.

¿Qué terrible dolor causó que el corazón compasivo de nuestro Señor hirviera con ira santa? Su gran sufrimiento causó que su espíritu manso ardiera con indignación de justicia.

¿Puede usted visualizar ese momento? Con un azote en mano, nuestro Señor irrumpió en el templo y comenzó a azotar en todas las direcciones, volcando las mesas llenas de mercadería. Él dispersó a los promotores, a los negociantes, y a los vendedores.

“¡Fuera!” Dijo con voz estruendosa, “¡Fuera de la casa de mi Padre! ¡Ustedes han profanado este lugar santo, habiendo convertido esta casa de oración en un mercado de comercio!”

Fue una de las experiencias más dolorosas de todo su ministerio pero él no podía quedarse impávido y permitir que la casa de su Padre se convirtiera en una cueva de ladrones religiosos.

¿Estamos dispuestos a compartir con Cristo en este aspecto de sus sufrimientos hoy día? ¿Compartimos su dolor al ver una vez más que la casa de Dios ha sido entregada a los mercaderes? ¿Nos escandalizaremos por el comercialismo horrendo del evangelio? ¿Sentiremos su ira en contra de la venta de cosas espirituales lo suficiente como para retirarnos de esas actividades? ¿Sentimos su dolor lo suficiente como para renunciar a los ministerios que como molinos producen mercadería sólo con el propósito de hacer dinero?

¿Podemos compartir sus sufrimientos en este punto lo suficiente como para levantarnos en contra de aquéllos que convierten la casa de Dios en un teatro o en un centro de entretenimiento para promotores? ¿Podemos dolernos por todas las ganancias excesivas que se consiguen con el nombre de Jesús? ¿Podemos apartar nuestros ojos del dinero y ponerlos de vuelta en la cruz?

miércoles, 9 de junio de 2010

CRISTO HA GANADO LA BATALLA POR USTED

Durante los últimos meses, he leído muchas cartas tristes, lamentables de creyentes que aún siguen atados a hábitos pecaminosos. Multitudes de cristianos escriben: “No puedo dejar de apostar…Estoy en las garras de la adicción al alcohol…Estoy siendo infiel a mi pareja y no puedo cortar con ello…Soy un esclavo de la pornografía”. Carta tras carta estas personas están diciendo lo mismo: “Amo a Jesús y he rogado a Dios que me libere. He orado, llorado y buscado consejo de Dios. Pero simplemente no puedo desatarme. ¿Qué puedo hacer?

He pasado mucho tiempo buscando al Señor, pidiéndole sabiduría para saber cómo responder a estos creyentes. Mi oración es: “Señor, tú conoces la vida de tus hijos. Muchos son santos devotos, llenos del Espíritu Santo, aun así, no obtienen tu victoria. No conocen la libertad. ¿Qué está sucediendo?”

En cierto punto, estudié los pasajes bíblicos que contenían las promesas de Dios a su pueblo. Recordé que el Señor nos ofrece librarnos de la caída, presentarnos sin faltas y justificarnos por fe, santificarnos por fe, guardarnos en santidad por fe. Su promesa es que nuestro viejo hombre sea crucificado por fe, y que seamos trasladados a su reino por fe.

La única cosa en común a todas estas promesas es esta frase: “por fe”. De hecho, todos estos aspectos son asuntos de fe, según la palabra de Dios. Entonces, llegué a la única conclusión clara respecto a estos problemas de lucha de dichos cristianos: en algún lugar en lo más profundo de su atadura, hay incredulidad. Todo se simplifica a una sencilla falta de fe.

¿Está usted luchando para obtener la victoria por su fuerza de voluntad? ¿Está usted peleando la batalla en su vieja naturaleza? Pablo señala: “Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Romanos 4:4-5).

Su victoria no debe venir a través de llorar o luchar, sino a través de la fe de que Jesucristo ha ganado la batalla por usted.

“Pero sin fe es imposible agradar a Dios” (Hebreos 11:6). De hecho Pablo dice que sólo hay una condición unida a las promesas de Dios: “… permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio que habéis oído” (Colosenses 1:23).

Cristo lo rindió todo a su Padre, para poder un Hijo totalmente obediente. Y nosotros también debemos ser así. Debemos ser completamente dependientes del Padre, tal como Cristo lo fue.

martes, 8 de junio de 2010

DIOS QUIERE PLANTARNOS EN EL MONTE DE SU PRESENCIA

“Vendrán muchos pueblos y dirán: Venid, subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob. Él nos enseñará sus caminos…” (Isaías 2:3).
“Yo los llevaré a mi santo monte y los recrearé en mi casa de oración…” (Isaías 56:7).

El mensaje del Espíritu Santo al pueblo de Dios es, “Vuelvan al monte – vuelvan a su santa presencia.” Muchos están ahora escuchando ese llamado y haciendo tiempo para orar y buscar a Dios. Otros, sin embargo, continúan sus caminos, demasiado ocupados con los detalles del reino para poder escalar la montaña santa.

Isaías vio ambas cosas, tanto la gloria de un ministerio despertado, como la tragedia de guardianes ciegos, durmiendo. Mientras algunos guardianes se sacuden y vuelven al monte de Dios para escuchar una palabra fresca del cielo, otros se perderán en actividades sin fin y en promover sus logros personales.

“Sus guardianes son ciegos, todos ellos ignorantes; todos ellos son perros mudos, que no pueden ladrar; soñolientos y perezosos, aman el dormir. Esos perros voraces son insaciables, y los pastores mismos no saben discernir: todos ellos siguen sus propios caminos, buscando cada uno su propio provecho, cada cual por su lado” (Isaías 56:10-11).

Isaías dice que ellos se volvieron así – centrados en sí mismos, y preocupados con el trabajo de sus propias manos , interesados sólo en lo que están haciendo, espiritualmente muertos – porque “dejaron a Jehová, y se olvidaron de su santo monte” (ver Isaías 65:11).

Ministros de Dios, más vale que escuchemos la advertencia del profeta Isaías cuando dice, “y a sus siervos llamará por otro nombre” (Isaías 65:15). Él levantará buscadores desconocidos para despertar a su iglesia.

El Espíritu está levantando un ejército de “hombres del monte de Dios” aquellos que pasarán tiempo a solas con Dios, encerrados en su santa presencia, escuchando su voz, recibiendo nueva visión, y retornando con gozo para librar a “aquellos que aúllan por el quebrantamiento del espíritu” (ver Isaías 65:13-14).

¡Oh sí! Ellos retornarán – pero con poder y dominio.

Su fuego refinador va a despertar en nosotros principios nuevos y devotos. Por demasiado tiempo hemos estado muertos a los principios devotos que son necesarios para salvar a la iglesia del caos. El Señor ya no estará satisfecho con que las cosas estén generalmente bien en su casa; él ahora busca el fuego de Cristo en el corazón.

lunes, 7 de junio de 2010

¿DÓNDE MORA DIOS?

Después de que Jesús fue llevado al cielo, el apóstol Juan recibió una asombrosa visión de la gloria. Él dijo: “Y no vi en ella templo; porque el Señor Dios Todopoderoso es el templo de ella, y el Cordero…y el Cordero es su lumbrera” (Apocalipsis 21:22-23).

Ahora que el templo de Dios está en gloria y el Señor sentado a su diestra, ¿dónde mora el Señor en la Tierra? Tal como Dios mismo pregunta: “¿Qué casa me construirán? ¿Cuál es el lugar de mi reposo?” Sabemos que ninguna edificación puede contener a Dios. Él no está en la catedral de San Pedro en el Vaticano, tampoco en la catedral de San Patricio en la ciudad de Nueva York. Y Él no está en ninguna de las grandiosas catedrales europeas. No, como lo declara Pablo en la colina de Marte en Atenas: “El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas” (Hechos 17:24). Dicho de una manera simple, si buscamos la morada de Dios en alguna construcción, no la hallaremos.

El Señor ha fundado su habitación, Él vive y mora en los cuerpos de la raza humana que Él creó. Pablo declara que ahora, el templo de Dios está en cuerpos humanos: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1 Corintios 3:16).

Una vez que ponemos nuestra fe en Jesús, nos convertimos en un templo, en la misma habitación de Dios. Esto fue demostrado de una manera más visible en el Aposento Alto. Allí, el Espíritu Santo descendió sobre los discípulos, llenándolos de sí mismo. Y declaró dichos cuerpos santificados como templo de Dios, a donde el Padre puede venir y vivir. El Espíritu los ayudaría a hacer morir y a destruir las obras de su carne pecaminosa. Y les daría el poder para vivir en victoria. Sus cuerpos vinieron a ser el templo de Dios, un lugar de morada no hecho por manos humanas.
Jesús dijo: “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” (Juan 14:23). Una morada es una residencia, un lugar para quedarse.

Pablo dice: “Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Corintios 6:20). En otras palabras, usted le pertenece a Dios y Él quiere que usted sea su lugar de reposo. Ahora, abra su corazón a la verdad y dele gloria al recibirla.

domingo, 6 de junio de 2010

EL REGALO DE DIOS PARA SU HIJO

Cuando leo estas palabras, yo apenas puedo recibirlas, “Yo les he dado la gloria que me diste, para que sean uno, así como nosotros somos uno” (Juan 17:22). Piense en esto. Tenemos la palabra de nuestro Señor, confesada delante de su propio Padre, que él se ha dado total y completamente a nosotros, al igual que el Padre se ha dado a él. Él nos ha dado el mismo amor íntimo que su Padre le dio a él, y esa es su gloria manifestada en nosotros. Hemos sido traídos a la misma clase de relación amorosa que Jesús comparte con el Padre y aún más, él abre el círculo de amor que se tienen entre ellos y nos trae a nosotros adentro. Hemos sido hechos partícipes de una gloria que está más allá de nuestro entendimiento. ¡Cuán increíble que Cristo nos trajera al Padre y que le pidiera, “Para que sean uno con nosotros!” Compartimos completamente la plenitud del amor de Dios por su Hijo al estar nosotros en Cristo.

En un sentido verdadero, puede decirse que Dios amó tanto a su Hijo, que le dio el mundo. Sabemos que le dio aquellos que están en el mundo, porque el Señor dijo, “He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste…” (v. 6).

¿No sabía usted que somos el regalo de Dios para su Hijo – un regalo de amor? “Eran tuyos; tú me los distes a todos.” Pero Cristo estaba en tal afinidad con el Padre, que él trae el regalo de vuelta a Dios y dice, “Todo lo mío es tuyo y lo tuyo mío…” (v. 10). Esta clase de amor no puede tomar nada para sí mismo – sino que lo da todo.

¿No es reconfortante saber que somos el objeto de tal amor entre el Padre y el Hijo? Qué honor, que Cristo nos coloque en la gran y amorosa palma de su mano, y nos presente al Padre y diga, “¡Mira, Padre! ¡Son tuyos! ¡Todos ellos nos pertenecen! ¡Son el objeto de nuestro amor! ¡Los amaré, Padre! ¡Tú los amarás! Y haremos nuestra morada en ellos y les mostraremos cuán amados son.”

¿Cómo pueden nuestras mentes comprender todo esto? Aquí está nuestro Señor diciéndole a su Padre, “Les voy a hacer conocer a ellos el amor que tú tienes por mí, para que el amor que tú me tienes pueda también estar en ellos.”

jueves, 3 de junio de 2010

EL AMOR DEL PADRE

Me pregunto, cuántos del pueblo de Dios pueden hoy día sinceramente clamar a nuestro bendito Señor diciéndole "¡Glorifícame contigo!" Tráeme a una afinidad. Anhelo estar más cerca, más íntimo. Mi amo, tú eres lo que yo quiero. ¡Más que señales y milagros, yo tengo que tener tu presencia!"

Escuche el ruego eminente de Jesús: "Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo esté, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado, pues me has amado desde antes de la fundación del mundo" (Juan 17:24).

La gloria de la cual Jesús está hablando, tiene que ver con una clase de amor muy íntimo – un amor que no permite ninguna distancia ni separación del objeto de su afección. Un amor que desea una afinidad completa, una unión eterna. Este divino amor entre nuestro Señor y el Padre era todo lo más importante para él, y él esperaba con ansias aquél día en que todos sus hijos pudiesen contemplarlo con sus propios ojos.

¡Gloria sea al santificado nombre de Jesucristo por ese pensar tan glorioso! Cristo está tan gozoso con la gloria de su íntima relación con su Padre, que anhela traer a todos sus hijos al cielo para que la contemplen.

En realidad, nuestro Señor estaba orando, "Padre, ellos deben ver este glorioso amor que nos tenemos. Deben de ver por sí mismos cuán completamente tú te das a mí. Quiero que ellos conozcan cuán grandemente soy amado – desde antes que el mundo fuese creado"

¿No será asombroso cuando nosotros, los redimidos, seamos llevados a la sala del gran banquete de Dios, a la fiesta celestial, y se nos permita contemplar el amor del Padre para con su amado Hijo, nuestro bendito Salvador? Yo veo en aquél día glorioso la oración de nuestro Señor contestada, cuando él mire a sus hijos comprados por su sangre y gozoso proclame, "Vean hijos, ¿Acaso no es real? ¿No les dije la verdad? ¿No es verdad que él me ama tanto? ¿Han contemplado alguna vez un amor tan grande? ¿Acaso no es esto un amor perfecto? Ahora ustedes ven mi gloria, el amor de mi Padre por mí, y mi amor por él."

¿No ven ustedes santos de Dios, que contemplar la gloria de Cristo en aquel día, será la revelación para nosotros del amor de Dios por su Hijo? Qué gozo saber que servimos a un Salvador que es amado. ¿Y no es aterrador contemplar que Lucifer se desprendió de tal gloria? Él está sin amor, él no tiene padre. Sin duda, esta fue su pérdida más grande. Es la gran pérdida de todos los hijos de Satanás, existir sin tener noción ni sentido del amor de un Padre celestial. En contraste, los hijos de Dios son abrazados en afinidad con Jesús mientras estamos en la tierra. Dios nos ama de la misma manera como ama a su propio Hijo. Esta verdad debería hacernos entrar en descanso.

martes, 1 de junio de 2010

LA GLORIA DE DIOS

"Glorifícame tú al lado tuyo…" (Juan 17:5).

Ningún hombre puede correctamente definir la gloria de Dios, al igual que no podría definir a Dios. La gloria es la plenitud de Dios y ese es un tema demasiado elevado para nuestras mentes finitas. Pero, conocemos en parte.

Cuando Dios da su gloria, él se da a sí mismo. Aquel que recibe su amor también consigue su misericordia, su santidad y su fuerza. El que recibe su misericordia también recibe su amor y todo lo demás que es la plenitud de Dios. Aquellos que buscan la gloria de Dios deben de aprender que él verdaderamente desea darse a sí mismo para nosotros, lo cual significa que él quiere que gocemos la plenitud del descanso y confianza.

Antes de dejar la tierra para retornar a su Padre celestial, Jesús oró, "Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo existiera" (Juan 17:5).

Jesús estaba en el regazo del Padre antes de que el mundo existiese. Él era uno con el Padre, y esa era la gloria. Unión con el Padre era su deleite y la gloria de su ser. Él tenía intimidad, unión, y afinidad.

Conocemos tan poco de su gloria. Pensamos sólo en términos de poder cósmico y de esplendor. Somos tan extraños al verdadero significado de la gloria de Dios, que no entendemos lo que Jesús quiso decir cuando dijo, "y he sido glorificado en ellos" (v. 10).

¿No sabía usted que Jesucristo es glorificado en sus santos - ahora? Él permanece en nosotros en toda su divina plenitud. Estamos completos en él. Cuando él viene a permanecer, él viene en toda su gloria, poderío, majestad, santidad, gracia y amor. Hemos recibido la gloria de un Cristo pleno y completo. Tenemos un cielo abierto – vengamos pues confiadamente al trono de su gloria para hacer conocidas nuestras peticiones. Cuán maravilloso es poder salir de allí con confianza y esperanza.