miércoles, 30 de junio de 2010

DÍA CUARENTA Y UNO

Suponga que usted se acercara a Jesús en el día cuarenta y uno, el día siguiente de su tentación en el desierto. Su rostro resplandeciente, lleno de regocijo, alabando al Padre, porque acaba de ganar una gran victoria.

Ve a Jesús rebosante de vida y confianza. Ahora está listo para enfrentar los poderes del infierno. Así que se dirige confiadamente a las grandes ciudades que habitan en tinieblas. Predica el evangelio, convencido de la Palabra de Dios. Y sana a los enfermos, sabiendo que Su Padre está con Él.

Ahora, mientras usted examina su propia vida, ve justamente lo opuesto. Usted sigue enfrentando su propia experiencia árida del desierto. Ha soportado ataques feroces de Satanás, y su alma está derribada. No puede evitar el pensamiento: “Jesús nunca pasó estas pruebas que yo estoy pasando. Él está muy por encima de todo esto”.

Quizás usted vea a un ministro que aparenta estar fuerte en la fe; suena tan seguro en la presencia de Dios que usted dice: “Él nunca ha tenido problemas como los míos”. ¡Si tan sólo supiera! Usted no estuvo ahí, cuando Dios llamó a este hombre a predicar y luego lo llevó al desierto para ser duramente tentado. Usted no estuvo ahí, cuando este hombre fue reducido a nada, derrotado por la falta de esperanza. Y usted no sabe que, a menudo, sus mejores sermones han sido producto de las pruebas en su propia vida.

Pablo nos advierte que no comparemos nuestra justicia con lo que pensamos que es la justicia de otros: “Porque no nos atrevemos a contarnos ni a compararnos con algunos que se alaban a sí mismos; pero ellos, midiéndose a sí mismos por sí mismos, y comparándose consigo mismos, no son juiciosos” (2 Corintios 10:12).

No podemos ver los corazones de los demás. ¿Quién hubiera sabido que Jesús, en el día cuarenta y uno, acababa de salir de una tentación larga y horrible? ¿Quién hubiera sabido que la gloria que se vio en Él, brotaba de una lucha peor que la que cualquiera pudiera soportar?

Debemos ver sólo a Jesús. Y debemos apoyarnos sólo en su justicia, su santidad. Él nos ha dado a todos el mismo acceso a ello.

Dios le ama en sus momentos de prueba. Su propio Espíritu le ha guiado al desierto. Sin embargo, Su propio Hijo ya estuvo ahí, y sabe exactamente lo que usted está pasando. Permítale completar su obra de edificar en usted una dependencia y confianza total en Él. Saldrá de ahí con la confianza, la compasión y la fuerza de Dios para ayudar a otros.