martes, 1 de junio de 2010

LA GLORIA DE DIOS

"Glorifícame tú al lado tuyo…" (Juan 17:5).

Ningún hombre puede correctamente definir la gloria de Dios, al igual que no podría definir a Dios. La gloria es la plenitud de Dios y ese es un tema demasiado elevado para nuestras mentes finitas. Pero, conocemos en parte.

Cuando Dios da su gloria, él se da a sí mismo. Aquel que recibe su amor también consigue su misericordia, su santidad y su fuerza. El que recibe su misericordia también recibe su amor y todo lo demás que es la plenitud de Dios. Aquellos que buscan la gloria de Dios deben de aprender que él verdaderamente desea darse a sí mismo para nosotros, lo cual significa que él quiere que gocemos la plenitud del descanso y confianza.

Antes de dejar la tierra para retornar a su Padre celestial, Jesús oró, "Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo existiera" (Juan 17:5).

Jesús estaba en el regazo del Padre antes de que el mundo existiese. Él era uno con el Padre, y esa era la gloria. Unión con el Padre era su deleite y la gloria de su ser. Él tenía intimidad, unión, y afinidad.

Conocemos tan poco de su gloria. Pensamos sólo en términos de poder cósmico y de esplendor. Somos tan extraños al verdadero significado de la gloria de Dios, que no entendemos lo que Jesús quiso decir cuando dijo, "y he sido glorificado en ellos" (v. 10).

¿No sabía usted que Jesucristo es glorificado en sus santos - ahora? Él permanece en nosotros en toda su divina plenitud. Estamos completos en él. Cuando él viene a permanecer, él viene en toda su gloria, poderío, majestad, santidad, gracia y amor. Hemos recibido la gloria de un Cristo pleno y completo. Tenemos un cielo abierto – vengamos pues confiadamente al trono de su gloria para hacer conocidas nuestras peticiones. Cuán maravilloso es poder salir de allí con confianza y esperanza.