domingo, 27 de junio de 2010

CUANDO NOS DUELE

De una manera u otra, todos sentimos dolor. Toda persona en la Tierra lleva su propia carga de dolor.

Cuando uno está profundamente dolido, ninguna persona en la Tierra puede apagar los temores internos ni las más profundas agonías. Ni el mejor amigo puede entender la batalla que uno está pasando o las heridas infringidas.

¿Existe algún bálsamo para un corazón quebrantado? ¿Hay sanidad para aquellas profundas heridas internas? ¿Se pueden juntar los pedazos y hacer que el corazón sea aun más fuerte? ¡Sí! ¡Absolutamente sí! Y si no se pudiera, entonces la Palabra de Dios sería una trampa y Dios mismo sería un mentiroso. ¡Eso no puede ser!

Dios no le prometió a usted una forma de vida sin dolor. Él le prometió una “salida”, le prometió ayudarle a llevar su dolor; fuerzas para ponerlo otra vez de pie cuando la debilidad lo hace tambalear.

Nuestro Padre amoroso dijo: “No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar” (1 Corintios 10:13).

Su Padre celestial cuida de usted sin parpadear. Cada movimiento es monitoreado. Cada lágrima es almacenada. Él se identifica con su mismo dolor. Él siente todo dolor. Nunca permitirá que usted se ahogue en sus lágrimas. No permitirá que su dolor deteriore su mente. Él promete venir, justo a tiempo, para enjugar sus lágrimas y darle gozo en lugar de luto.

Usted tiene la capacidad de hacer que su corazón se regocije y se alegre en el Señor. El ojo de Dios está sobre usted y le ordena levantarse y soltar todos esos miedos que causan duda.