jueves, 17 de junio de 2010

UN ESPEJO

“Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús que estaba a la diestra de Dios, y dijo: veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está a la diestra de Dios” (Hechos 7:55-56).

Esteban representa lo que un verdadero Cristiano se supone que sea: uno que es lleno del Espíritu Santo con los ojos fijos en el Hombre en la gloria. Uno que refleja esa gloria de tal manera que todos los que la vean se asombren y sean maravillados. Uno que está con la mirada continuamente fijada en Cristo, siempre admirándolo, completamente ocupado con el Salvador glorificado.

Mire usted a la situación sin esperanza en la que se encontraba Esteban, rodeado por la locura religiosa, por la superstición, el prejuicio, y los celos. La multitud enardecida se abalanzó contra él con ojos desorbitados y sedientos de sangre, y la muerte se le avecinaba. ¡Qué circunstancias imposibles! Pero mirando hacia el cielo, él contempló a su Señor en la gloria, y súbitamente, el rechazo del gentío aquí en la tierra significó nada para él. Ahora él estaba por encima de todo, mirando a aquel que era invisible.

Una mirada fugaz de la gloria del Señor, una visión de su preciosa santidad, y Esteban ya no podía ser herido. Las piedras y los insultos furiosos eran todos sin efecto por el gozo puesto delante de él. Una mirada fugaz de la gloria de Cristo lo colocará a usted por encima de todas las circunstancias. Manteniendo sus ojos en Cristo, conscientemente buscándolo cada hora que esté despierto, provee paz y serenidad como nada más puede hacerlo.

“Por tanto, nosotros todos, mirando con el rostro descubierto y reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en su misma imagen, por la acción del Espíritu del Señor” (2 Corintios 3:18). Esteban capturó los rayos que emanaban del Hombre glorificado en el cielo y los reflejó a una sociedad que rechazaba a Cristo.

Cuán cierto es que nosotros llegamos a ser igual a lo que contemplamos. La correcta traducción debería leerse, “¡Nosotros todos, con el rostro descubierto reflejando la gloria, somos cambiados!”

La idea es que el Cristiano refleje, como un espejo, la gloria de lo que él mira continuamente. Somos nosotros los que somos “un espejo” mirando a Cristo, el objeto de nuestro afecto y llegando a ser como él en el proceso de contemplarlo.

Cuando el enemigo viene como un río y las circunstancias preocupantes nos abaten, necesitamos asombrar y condenar al mundo a nuestro alrededor con nuestro dulce reposo en Cristo. Ya que podemos ver en nuestra mente espiritual, esto podemos lograrlo al mantener nuestra mente permaneciendo en Cristo.