viernes, 19 de agosto de 2016

UN DÍA ESPECIAL

Me imagino al celoso fariseo Saulo al comienzo de aquel día especial en el que la misericordia brilló sobre él. Él había pedido una audiencia con el sumo sacerdote;
El joven que persigue la multitud de Jesús pide permiso para llevar su cruzada a Damasco. Él promete meter a la cárcel a todos. De hecho, piensa que va a ser capaz de apagar todo este fuego por Jesús.
Imagínate la escena cuando Saulo y su banda de hombres cabalgaron desde Jerusalén hacia su próxima misión. Ellos fueron animados en el camino por el sumo sacerdote y todos los escribas y fariseos. Pero entonces, justo a las afueras de la localidad de Damasco, el brillo radiante de la misericordia cayó sobre Saulo (ver Hechos 9).
¡YO SOY JESÚS!
¿Cómo se presentó la misericordia a este hombre perdido y equivocado? No trató de confundirlo. No lo acusó. No trató de destruirlo. En cambio, la misericordia totalmente pagada y gratuita del Señor puso a Saulo rostro en tierra. Y una voz le habló, diciendo: Saulo, Saulo, Yo soy Jesús. ¿Por qué me persigues?
El mensaje de Cristo a este zelote fue claro: Es a Mí a quien estás tocando, Saulo. Con cada cristiano que has encarcelado, me lo has hecho a Mí.
REVELACIÓN Y REDENCIÓN
Saulo se sintió abrumado por esta revelación. Al quedar temporalmente ciego, fue llevado a  casa de un hombre de oración, lleno del Espíritu Santo en Damasco, llamado Ananías. En una pequeña habitación allí, Saulo invocaba el nombre de Jesús. Ananías le explicó confiadamente el alto costo de la misericordia que él había recibido y le dijo: Ahora, Saulo, tú vas a padecer por causa de Su nombre.
Con una conciencia afligida, Saulo seguramente pensó en la lapidación de Esteban, los numerosos creyentes que él había echado en la cárcel y las multitudes de las que él había abusado. ¡Pero este hombre recibió misericordia aquel día!