martes, 5 de enero de 2016

EL SEÑOR OYE TU ORACIÓN

¿Has conocido alguna vez la depresión? ¿Alguna vez has estado tan preocupado y perplejo que has pasado noches sin dormir? ¿Has tenido tiempos cuando has estado tan derribado y agobiado que nadie te podía consolar? ¿Has estado tan hundido que tuviste deseos de rendirte, sintiendo que tu vida era un fracaso total?

No me estoy refiriendo a una condición física. No me estoy refiriendo a personas que tienen algún desequilibrio químico o una enfermedad mental. Estoy hablando de cristianos que, de vez en cuando, luchan contra una depresión que los golpea de la nada. Su condición a menudo no viene de una sola fuente, sino de muchas. A veces son golpeados de todos los lados, hasta que están tan abrumados que no pueden ver más allá de su desesperación.

Si te puedes identificar con esto, entonces el Salmo 77 fue escrito para ti. Su objetivo es señalarte la salida de tu angustia y temor. Este Salmo fue escrito por un hombre llamado Asaf, un levita de la línea sacerdotal de Israel. Asaf también era cantor, y servía como director de coro, designado por David. Asaf escribió once Salmos y estaban tan llenos de instrucción justa para el pueblo de Dios que yo llamaría a este hombre, un predicador laico.

Asaf escribió el Salmo 77 después de haber caído en un terrible hoyo de desesperación. Su condición llegó a ser tan mala que estaba más allá de todo consuelo: “Mi alma rehusaba consuelo” (Salmos 77:2). Este hombre piadoso estaba en tal desesperación, que nada que le dijeran lo podía sacar de su angustia. Ni Asaf mismo podía pronunciar palabra: “Estaba yo quebrantado y no hablaba” (77:4).

Sin embargo, Asaf era un hombre de oración. Vemos esto en el mismo Salmo, cuando él testifica: “Con mi voz clamé a Dios, a Dios clamé, y él me escuchará” (77:1).

Estoy seguro de que Asaf había escuchado el testimonio muy similar de David en el Salmo 34: “Los ojos de Jehová están sobre los justos, y atentos sus oídos al clamor de ellos” (34:15). David dice al comienzo de este Salmo: “Busqué a Jehová, y él me oyó, y me libró de todos mis temores…Este pobre clamó, y le oyó Jehová, y lo libró de todas sus angustias” (34:4, 6).