jueves, 21 de enero de 2016

AMBICIONES RELIGIOSAS

“Aunque yo tengo también de qué confiar en la carne. Si alguno piensa que tiene de qué confiar en la carne, yo más: circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible” (Filipenses 3:4-6).

Pablo era un hombre que podía decir: “Yo, una vez, fui alguien. Todos mis semejantes, incluyendo mis compañeros fariseos, tenían que levantar la cabeza para mirarme. Fui un Fariseo entre Fariseos, subiendo la escalera, llegué a ser considerado un hombre santo, un poderoso maestro de la ley. Tenía una reputación en la tierra y ante los ojos de la gente era intachable. Pero, cuando Cristo me tomó, todas las cosas cambiaron. La lucha, la competencia, todo lo que yo pensaba que era significativo en mi vida, fueron rendidos. Me di cuenta de que había pasado por alto al Señor completamente”.

Pablo, alguna vez pensó que sus ambiciones religiosas, su celo, su espíritu competitivo, sus obras, sus negocios, sus ocupaciones, eran todos justos. Había pensado que todo era para la gloria de Dios. Ahora Cristo le reveló que todo había sido en la carne, todo para sí mismo.

Por esta razón, Pablo declaró: “He dejado a un lado todos mis anhelos de éxito y reconocimiento y he determinado ser un siervo”.

“Por lo cual, siendo libre de todos, me he hecho siervo de todos para ganar a mayor número” (1 Corintios 9:19).

Pablo vio que Jesús tomó sobre sí mismo la vida de un siervo. Él era el mismo Hijo de Dios, pero con un corazón de siervo. De la misma manera, Pablo supo que él también había sido hecho hijo de Dios por el sacrificio de Cristo en la cruz. Y, como Jesús, también deseaba ser un hijo con un corazón de siervo. Así que determinó ser un esclavo para Cristo y Su iglesia.

Amados, yo también sé que soy un hijo de Dios. Y, como Pablo, también deseo tener el corazón de siervo de Cristo. “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Filipenses 2:5). Tener el sentir o la mente de Cristo significa ir más allá de la teología. Significa sujetar nuestra propia voluntad para tomar lo que preocupa o concierne a Jesús.