lunes, 4 de enero de 2016

ÉL HACE SU MORADA EN NOSOTROS by Gary Wilkerson

Cuando la gloria de Dios se manifiesta, revela Su distinción a nosotros: Su pureza, santidad y omnipotencia. Incluso los seres celestiales en Su presencia le contemplan como alguien distinto y lleno de majestad. En este instante, multitudes de ángeles están en la presencia de Dios y ellos nunca dejan de alabarle día y noche. Su interminable canción es: “El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza” (Apocalipsis 5:12). Ese es el efecto de la naturaleza santa de Dios: Él invoca nuestra alabanza en todo tiempo en todas las cosas.

Asombrosamente, este Dios Santo nos dice: “El mundo no Me verá, pero ustedes sí”.

Los líderes judíos conocían la separación de Dios, pero no pudieron ver Su ternura y se indignaron cuando Jesús llamó a Dios, Su Padre. Ellos lo vieron como una blasfemia y Lo querían matar por ello. A pesar de ello, Jesús llevó esta audaz enseñanza un paso más adelante cuando le dijo a los discípulos: “No sólo vuestro Padre celestial cuida de vosotros, sino que hará Su morada en vosotros”.

“El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” (Juan 14:23).

Ponte en el lugar de uno de los discípulos en el Aposento Alto cuando Jesús dijo esto. Te enseñaron, al igual que a tus antepasados, que nadie podría ver a Dios y vivir. Sabías que Moisés el justo fue únicamente capaz de contemplar una pequeña parte de Dios y sobrevivir a ello. Así que cuando escuchaste las enseñanzas de Jesús, habrías pensado: “No hay forma en la que Dios pueda hacer Su morada en mí. Él es demasiado santo, demasiado asombroso, totalmente distinto de lo que yo soy. ¡No puede ser posible!” Aun así, Jesús nos ha confiado estas dos increíbles verdades que van de la mano: Dios es santo y puro, ciertamente, y, Él busca morar en nosotros, Su creación.

Piensa en lo que Jesús le enseñó a Su naciente iglesia aquella noche. Él comenzó diciendo que Él partiría para ir a preparar un hogar para nosotros. Y terminó diciendo que Él haría Su morada en nosotros. Ahí tenemos la belleza paradójica de nuestro Dios: Santo y puro, pero íntimo y cuidadoso. Él está por encima de nosotros y con nosotros; y nos da la paz que nunca podríamos hallar por nuestros propios medios. ¡Tal es un Dios digno de nuestra confianza en y a través de todas las cosas!