miércoles, 12 de noviembre de 2014

SUS BRAZOS DE AMOR

"Me he consumido a fuerza de gemir; todas las noches inundo de llanto mi lecho, riego mi cama con mis lágrimas" (Salmo 6:6).

Este matagigantes, este poderoso guerrero, de quien cantaban: "David hirió a sus diez miles", este poeta que escribió tanto acerca de confiar en Dios y echar todas nuestras ansiedades sobre Él, este mismo hombre de Dios clamó: "Ten misericordia de mí, oh Jehová, porque estoy enfermo; sáname, oh Jehová, porque mis huesos se estremecen" (Salmo 6:2). David había pecado gravemente, confesando: "Porque mis iniquidades se han agravado sobre mi cabeza; como carga pesada se han agravado sobre mí. Hieden y supuran mis llagas, a causa de mi locura. Estoy encorvado, estoy humillado en gran manera, ando enlutado todo el día" (Salmo 38:4-6).

David describe exactamente lo que algunos de ustedes pueden estar atravesando en este preciso momento: Una sensación de estar abrumado por el pecado, como olas repentinas cayendo sobre tu alma. No puedes entender por qué estás sumergido otra vez. Clamas: “¡Dios, esto es demasiado para mí, ya no puedo soportarlo!". Estás herido y sabes que, en tu interior, hueles mal debido al pecado. Sabe que has sido tonto y necio. Sientes la corrupción espiritual y te sientes tan mal en tu mente, que tu cuerpo se ve afectado. Tu fracaso, tu falta de victoria, ha hecho que estés "enlutado todo el día" en depresión y miedo. Estás agravado, humillado y perturbado en tu alma.

David sintió que estaba sufriendo a causa de los pecados que había cometido. Él no estaba diciendo que Dios estaba siendo injusto al castigarlo, sino que él quería ser corregido en amor: "Jehová, no me reprendas en tu enojo, ni me castigues con tu ira. Ten misericordia de mí, oh Jehová, porque estoy enfermo; sáname, oh Jehová, porque mis huesos se estremecen" (Salmos 6:1-2). El clamor de David es este: "¡Señor, mi propia necedad y mi propio pecado me han traído mucho sufrimiento! Sé que tienes el derecho de corregirme y castigarme, pero por favor ¡recuerda que sigo siendo Tu hijo! Derrama tu ira sobre los que no te quieren. Yo he pecado, pero todavía te amo. Corrígeme en amor. Sé misericordioso".

Si sientes las flechas de Dios en tu alma debido a tu pecado pasado y presente, pero todavía tienes un corazón arrepentido y quieres abandonar tu pecado, puede apelar a Su amor correctivo. Serás corregido, pero en gran misericordia y compasión, así como un padre amoroso azota a su hijo, a causa del amor. No sentirás Su ira, como la sienten los impíos, sino que junto con su vara, sentirás Sus brazos amorosos, extendidos hacia ti.