martes, 23 de abril de 2013

RECIBIENDO LA BENDICIÓN DE LA CRUZ

Dios se deleita al usar nuestros fracasos, al usar a hombres y mujeres piensan que casi no pueden hacer nada correcto. Recientemente, una mujer me escribió lo siguiente: “Mi matrimonio se está echando a perder. Pareciera que estoy haciendo todo mal en la crianza de mis hijos. Me siento como si no valiera nada para nadie. No he sido una buena esposa, ni una buena madre ni una buena cristiana. De hecho soy el peor fracaso del mundo”.

Ella es el tipo de persona que Dios busca, alguien que sepa que si algo bueno sucede a través suyo, tiene que ser a causa de Dios. Todos los “súper-cristianos” que andan aplastando a la gente con sus habilidades nunca impresionan a Dios. Dios miró a un suplantador, un hombre débil llamado Jacob y le dijo: “No temas, gusano de Jacob…yo soy tu socorro…He aquí que yo te he puesto por trillo, trillo nuevo, lleno de dientes…te regocijarás en Jehová” (Isaías 41:14–16).

A menudo, los hombres utilizan a Dios para obtener riquezas, fama, honra y respeto. Usan el talento, la personalidad y la perspicacia para expandir el reino de Dios, pero Él no se impresiona. Su poder se perfecciona en nuestra debilidad, en nuestra incapacidad de obedecer sus mandamientos en nuestras propias fuerzas.

Dios nos llama a una vida de santidad y separación. Él dice que podemos ser libres de la atadura del pecado. Su Palabra llega a nosotros con algunos desafíos imposibles: “Resiste al diablo. Anda en el Espíritu. Sal de en medio de ellos. Ama a tus enemigos. Abandona todos tus temores. Haz morir tus deseos carnales. Que el pecado no se enseñoree de ti”.

Cuando uno piensa sobre lo poco que uno puede hacer en su propia fuerza para lograr estos desafíos, uno entiende cuán débil es. Tu corazón comienza a clamar: “Señor, ¿cómo podemos hacer tales cosas tan grandes y santas?” Ahí es cuando el Señor toma el control. Él viene con un mensaje tan reconfortante: “Baja tus armas. Deja de intentar ser autosuficiente y fuerte, Yo soy tu arma y tu fuerza. Déjame hacer lo que tú jamás podrías hacer. Te daré Mi justicia, Mi santidad, Mi reposo, Mi fuerza. No puedes salvarte a ti mismo, ni agradarme en ninguna manera, excepto recibiendo por fe las bendiciones de la cruz. Déjame encargarme de tu crecimiento en santidad”.