viernes, 26 de abril de 2013

DETENTE Y ESCUCHA

Me pregunto si el Señor se llega a cansar de que sus hijos vengan a Su presencia pero ni una sola vez se detengan para escuchar. Nada es más vacío y vano que una comunicación unidireccional. Intenta escuchar a alguien unas cuantas horas sin poder tú decir una sola palabra. Te quedas con un sentimiento de soledad. La persona que “descargó todo su interior” se aleja sintiéndose mejor, pero el pobre oidor queda vacío.

¿Cuántas veces hemos dejado al Señor en el lugar secreto, solo y vacío? Corremos a Su presencia, exclamando: “¡Te alabo, Jesús!¡Te amo, Jesús! Toma, aquí tienes mi lista de compras y mis tarjetas de sanidad. Amén”. ¿Cuántas veces habrá estado Él dispuesto y ansioso de abrir su propio corazón para hablarnos, cuando de pronto, ya no había nadie?

Si oramos durante una hora, hablamos durante una hora. Si oramos durante varias horas, hablamos durante varias horas. Si oramos toda la noche, hablamos toda la noche; millones de voces hablando y alabando. He dedicado toda una vida de predicación, tratando de hacer que la gente ore. Ahora entiendo que ése no ha sido el problema. El verdadero problema ha sido dejar solo, vacío, al Salvador en el lugar secreto de oración, sin haber podido decirnos una sola palabra.

Dejamos ese lugar de oración habiendo descargado nuestros corazones. Le contamos de nuestras esperanzas, nuestros sueños y nuestros deseos. Dejamos ese lugar santo de oración con una mente satisfecha. Sin embargo, nuestro Señor seguía ahí, esperando con gran anticipación, anhelando compartir en dicha comunión. Creo que nuestro Señor dice: “Sí, sí, gracias por tu alabanza. La acepto. Estoy tan contento de que te hayas tomado el tiempo de encerrarte conmigo. He oído tu petición y el Padre te concederá el deseo de tu corazón. Pero por favor, ¡espera! No te vayas justo ahora. Quiero compartir contigo algunas cosas. Mi corazón anhela descargarse contigo. He guardado tus lágrimas. He calmado tu mente atribulada. Ahora, ¡déjame hablar! Déjame decirte lo que está en Mi corazón”.

Nuestro Señor Jesús quiere hablar. Él quiere hablarnos de lo que está quebrantando Su corazón en nuestra generación. Él quiere hablar a cada uno de sus hijos acerca del plan precioso que Él tiene para todos los que en Él confían y revelarles verdades gloriosas. Él quiere darnos instrucción para nosotros y ayuda para criar a nuestros hijos; soluciones para nuestros problemas; nuevos ministerios y campañas de evangelismo que salvarán a los perdidos; palabras específicas concerniente a trabajos, carreras, casas, compañeros en la vida; verdades acerca del cielo, del infierno y de las calamidades venideras. Principalmente, Él quiere hablarnos acerca de cuánto Él ama y cuida a los suyos.

“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3:20).