lunes, 19 de marzo de 2012

EL ARREPENTIMIENTO NO ES SOLAMENTE PARA LOS PECADORES

Entre más camino con Jesús más me convenzo de que el arrepentimiento no es solamente para pecadores sino también para los creyentes. No es simplemente una cosa que se realiza una sola vez, sino algo al que el pueblo de Dios es llamado a practicar hasta que Jesús regrese.

Cada cristiano que mantiene una actitud de arrepentimiento trae a su vida una atención especial de parte de Dios. Incluso, el arrepentimiento abre algo que nada más puede hacer. Si nosotros caminamos frente al Señor con un corazón arrepentido, ¡seremos inundados de increíbles bendiciones!

Un corazón arrepentido es suave, tierno, flexible, es fácilmente moldeable por el Espíritu Santo. Este responde a y actúa ante la corrección divina.

La característica número uno de un corazón arrepentido es el estar listo para reconocer la culpa. Es el desear aceptar el haber hecho algo mal, y decir, “Yo soy, Señor. ¡Yo he pecado!”

Si no se admite que se ha pecado, entonces no puede haber arrepentimiento: “La tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de lo cual no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte.” (2 Corintios 7:10) Si usted no está dispuesto a reconocer que ha hecho algo mal, entonces usted está afirmando que no necesita arrepentimiento.

Antes de que Pilato entregará a Jesús en manos de los sacerdotes y ancianos asesinos, él quería que el mundo supiera que no era su culpa. Él pidió una vasija con agua, sumergió sus manos en ella y se declaró a sí mismo inocente de la sangre de Cristo ante esta multitud iracunda:

“Viendo Pilato que nada adelantaba, sino que se hacía más alboroto, tomó agua y se lavó las manos delante del pueblo, diciendo: —Inocente soy yo de la sangre de este justo. Allá vosotros.
(Mateo 27:24).

Aquí la frase “Allá vosotros” significa, “Asegúrense de saber que mis manos están limpias. Yo no he hecho nada malo y estoy limpio de culpa.”

Por supuesto que las manos de Pilato no estaban limpias. Él estaba a punto de entregar al Hijo de Dios a asesinos. Este tipo de pensamiento impide cualquier posibilidad de arrepentimiento. Si algun profeta se le hubiera acercado a Pilato al día siguiente predicando, “¡Arrepiéntete o perece!” el gobernante se hubiera aterrorizado. “¿Quién, yo?,” él hubiera preguntado. “Yo no he hecho nada malo. ¿Cómo puedo arrepentirme si no he pecado?”

Juan escribe: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros... Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos a él mentiroso y su palabra no está en nosotros. (1 Juan 1:8, 10).