martes, 27 de septiembre de 2011

LA MADRE DE TODOS LOS PECADOS

Yo podría mencionar una lista completa de pecados cometidos por cristianos, pero ninguno de ellos se acerca al pecado del que le voy a hablar. La madre de todos los pecados - el que da origen a todos los demás - ¡es el pecado de la incredulidad!

No me refiero a la incredulidad de aquel pecador endurecido. La incredulidad del réprobo, de los agnósticos y ateos no mueve en lo absoluto a Dios. No, aquéllo que enoja a Dios más que nada es ¡la incredulidad y las dudas que aquejan a aquéllos que se llaman a sí mismos posesión suya! ¡Sus hijos, quienes dicen “Yo soy de Jesús” y aún abrazan la duda, el miedo y la incredulidad en sus corazones, son los que aflijen al Señor más que los demás!

¡Cuán seriamente toma Dios en cuenta el pecado de la incredulidad! Judas advirtió a la iglesia con las siguientes palabras: “Quiero recordaros, ya que una vez lo habéis sabido, que el Señor, habiendo salvado al pueblo sacándolo de Egipto, después destruyó a los que no creyeron.” (Judas 5).

¡Judas les recuerda a los creyentes la actitud de Dios ante la incredulidad! Él está diciendo, “Te recuerdo el odio absoluto de Dios hacia la incredulidad entre su pueblo salvo. Tras haber salvado a su pueblo, ¡Él destruyó a aquéllos que no creyeron!”

Amado, ¡yo creo que Dios me ha llamado a recordarle la misma cosa a la iglesia! “Todas estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, que vivimos en estos tiempos finales.” (1 Corintios 10:11). Dios posiblemente no destruya físicamente a su pueblo como lo hizo en el Antiguo Testamento, pero hoy día sus juicios por nuestra incredulidad son espirituales e igualmente severos.

La incredulidad es justamente tan destructiva hoy como nunca antes. Posiblemente no nos convitarmos en un pilar de sal, pero ¡sí llegamos a ser endurecidos y amargados! El abismo no se abre para devorarnos, pero sí nos absorbe con dificultades, estrés y problemas familiares. Fuego no cae sobre nosotros y nos consume, pero nuestra vida espiritual es destruida.

Muchos de nosotros somos culpables de la madre de todos los pecados y no tenemos temor de ello. No tomamos en cuenta nuestra incredulidad con seriedad, inclusive vivimos como si Dios le guiñara el ojo. No obstante, éste es uno de los pecados que abre nuestro cuerpo y espíritu a todos los demás pecados conocidos por el hombre.