jueves, 30 de junio de 2016

EL SALTO DE FE

Es posible que nos conmovamos y despertemos, y que nos preguntemos: “¿Por qué estoy tan temeroso? ¿Por qué estoy en esta montaña rusa de la desesperación? ¿Por qué el futuro causa pánico en mi alma?”.

Esto sucede porque no hemos entregado totalmente nuestras vidas, nuestras familias, nuestra salud, nuestros trabajos y nuestros hogares en las manos fieles de Dios. No hemos dado el salto de fe que determina: “Mi Señor es verdadero y fiel. A pesar de que he fallado en innumerables ocasiones, Él nunca me ha fallado. Pase lo que pase, voy a entregar mi vida y futuro a su cuidado".

¿Cómo somos capaces de hacer esto? Al aceptar esta palabra que nos ha dado: “Así dijo Jehová tu Señor, y tu Dios, el cual aboga por su pueblo: He aquí he quitado de tu mano el cáliz de aturdimiento, los sedimentos del cáliz de mi ira; nunca más lo beberás” (Isaías 51:22). Él está diciendo, en esencia: “No estoy dormido. Yo soy el mismo Dios que abrió el Mar Rojo, que levanta a los muertos, y que ha hecho provisión para ti. Mi pueblo no está destinado a vivir en la esclavitud del miedo”.

La copa de estremecimiento es removida cuando despertamos a nuestra necesidad de aceptar la Palabra de Dios. Al tomar esta postura de fe, nos enfrentaremos a sacudidas repentinas de temor, pero tenemos que hacer frente a esos temores -echar mano de las promesas de Dios y estar plenamente convencidos de que él es capaz de mantener lo que le hemos confiado- y entonces no vamos a beber más del vino de la desesperación.

El hecho es que, cuanto más oscuros se vuelven los días, el pueblo de Dios debe vivir aún con más fe. De otro modo, hacemos parecer a Dios mentiroso cada vez que entramos en pánico y temor. En la revista de noticias Newsweek, se relataba el caso de una adolescente que demostró su fe de una forma muy poderosa. Un avión que volaba desde Newark a París entró en una fuerte turbulencia, y los pasajeros se volvieron presa del pánico y comenzaron a gritar. En medio de todo esto, la chica de dieciséis años de edad, sentada y con el cinturón de seguridad puesto, estaba leyendo su Biblia en silencio. Más tarde, cuando se le preguntó por qué no tenía temor cuando todo el mundo alrededor de ella estaba temblando de miedo, ella respondió: “Mi Biblia me promete que Dios cuidará de mí, así que tan sólo oré y confié”.