martes, 3 de mayo de 2016

CONFIANDO EN EL SEÑOR

Cada cristiano declara que confía en el Señor. Pero en realidad, muchos de los hijos de Dios no están listos para enfrentar la tormenta negra que viene sobre el mundo. A menos que echemos mano de una confianza especial e inquebrantable en nuestro Señor, no estaremos listos para los tiempos difíciles, ahora o en el futuro.

Cuando toda la furia de la tormenta irrumpa y la incertidumbre caiga sobre la humanidad como nube, multitudes de cristianos no podrán soportarla. Abrumados con temor, perderán su canción de victoria. ¿Quiénes son estos creyentes que no estarán preparados para soportar la tormenta? Son aquellos que no han cultivado una vida de oración con el Señor y no están cimentados en su Palabra.

Por años los pastores piadosos han instado a los cristianos a que aparten un tiempo cada día para encontrarse con Dios en oración. Gracias al Señor muchos han aprendido a derramar su corazón ante Jesús y están siendo recompensados con una fe y confianza santas. De hecho, su fe crece diariamente por su dependencia en su Palabra.

Veras, la comunión da a luz confianza. Al derramar ante el Señor todas nuestras preocupaciones, salimos con su reposo y seguridad: “Esperad en él en todo tiempo…derramad delante de él vuestro corazón” (Salmo 62:8). De acuerdo a este Salmo, “esperar o confiar” y “derramar” son inseparables. Si hemos de confiar en Dios en todo tiempo, incluyendo los tiempos más oscuros, entonces debemos estar derramando nuestros corazones delante de el sin cesar.

A medida que los días se vuelvan más aterradores , se irá levantando un pueblo de Dios que se volverá cada vez más valiente. Estos son creyentes quienes claman diariamente al nombre del Señor, “de manera que podemos decir confiadamente: El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre” (Hebreos 13:6). La revelación de la Palabra de Dios los sostendrá en los tiempos más difíciles.

David aprendió a clamar al Señor en cada crisis de su vida. Vez tras vez, este piadoso hombre corría a su lugar secreto, vaciando todos sus temores ante el Señor: “En mi angustia invoqué a Jehová, y clamé a mi Dios; el oyó mi voz desde su templo, y mi clamor llegó a sus oídos...[él] me libró” (2 Samuel 22:7, 18).