viernes, 13 de mayo de 2016

AMOR COMO EL DE CRISTO

Jesús les dijo a sus discípulos que comiencen su obra en Jerusalén, su ciudad natal, antes de ir a lo último de la Tierra (ver Hechos 1:8). Esto me dice que nuestra primera misión tiene que ser en nuestros propios corazones. En otras palabras, el Espíritu Santo tiene que hacer Su obra en nosotros, antes de que pueda hacer su obra a través de nosotros.

Hace unos años, comencé a pedirle al Señor que ensanchara mi visión para las misiones. En ese momento, había empezado a viajar por el mundo, conduciendo conferencias ministeriales y había visto los peores barrios marginales del mundo. Mi corazón ardía por saber cómo poder responder a tan desesperante clamor que venía de dichos barrios, así que pasaba horas delante del Señor, en oración, buscando Su carga y pidiendo dirección.

La primera palabra que recibí de parte del Espíritu Santo fue ésta: “David, primero que nada, toma el último lugar en la casa. Si quieres un corazón que alcance la necesidad humana, humíllate”.

Le pedí la gracia de Dios para poder hacer esto. También comencé a predicar esta palabra en nuestra iglesia, para que nuestra congregación orientada a las misiones reciba la misma palabra que yo estaba oyendo de parte del Señor.

Más tarde, en oración, recibí la siguiente palabra: “Golpea los rezagos de tu orgullo. Yo no puedo obrar a través de ti, en plenitud, a menos que trates con ello. Alcanzar la necesidad humana es un asunto fuerte, y todo tu orgullo debe ser tratado”. Una vez más, le pedí a Dios Su gracia.

Posteriormente, vino esta palabra: “Trata con tu temperamento. Todavía reaccionas fácilmente en tu trabajo y con tu familia. Eso debe ser subyugado por el Espíritu”.

En todo esto, el Espíritu siempre me recordaba las palabras de Pablo: “Sí, hay fe y hay esperanza. Pero el mayor de ellos es el amor” (ver 1 Corintios 13:13).

En este mismo momento, nuestro ministerio está colocando techos sobre las iglesias de Kenia. Estamos ayudando económicamente al programa para huérfanos en Nairobi, la ciudad capital. Ayudamos a cavar pozos en áreas pobres. Estamos enviando ayuda a un centro de adictos y alcohólicos. Ayudamos a dar de comer a niños con hambre. El Señor nos ha llamado claramente a hacer cada una de estas obras de compasión.

Pero ninguna de estas obras tendría provecho alguno si no fluyeran de un amor verdadero, como el de Cristo.