martes, 25 de agosto de 2015

LECCIONES PARA NOSOTROS

En Marcos 7, encontramos a Jesús haciendo un gran milagro. Toda la dramática escena toma lugar en solo cinco versículos:

“Luego regresó Jesús de la región de Tiro y se dirigió por Sidón al mar de Galilea, internándose en la región de Decápolis. Allí le llevaron un sordo tartamudo, y le suplicaban que pusiera la mano sobre él. Jesús lo apartó de la multitud para estar a solas con él, le puso los dedos en los oídos y le tocó la lengua con saliva. Luego, mirando al cielo, suspiró profundamente y le dijo: "¡Efatá!" (que significa: ¡Ábrete!). Con esto, se le abrieron los oídos al hombre, se le destrabó la lengua y comenzó a hablar normalmente.” (Marcos 7:31-35).

Imagínate la escena. Cuando Jesús llegó a las costas de Decápolis, se encontró con un hombre sordo y tartamudo. El hombre podía hablar, pero lo que decía era incomprensible. Cristo apartó al hombre lejos de la multitud, y se puso frente a él, poniendo sus dedos en sus oídos. Entonces Jesús escupió y toco su lengua, pronunciando la palabra: “¡Ábrete! E instantáneamente, el hombre podía oír y hablar claramente.

Justo antes de esta escena, Jesús también había libertado a la hija de una mujer que estaba poseída por demonios. Con tan solo decir una palabra, él echó el espíritu maligno fuera de la niña. Me pregunto: ¿por qué están grabados estos dos milagros en las Escrituras? ¿Están incluidos solo como dos episodios más de la vida de Jesús en la tierra?

La gran mayoría de los cristianos creen que tales historias están preservadas en las Escrituras porque tienen mucho que revelarnos. La intención de éstas es para mostrarnos el poder de Dios sobre Satanás y la enfermedad, para comprobar la deidad de Cristo, y para proclamar que él es Dios encarnado. Y también están para animar nuestra fe y para demostrarnos que nuestro Dios puede obrar milagros.

Creo que estas historias fueron registradas por todas estas razones y mucho más. Jesús nos dijo que toda palabra que Él pronunció salía del Padre. Él no dijo ni hizo nada por su propia cuenta, sino por la dirección de su Padre. Más aun, cada evento de la vida de Cristo contiene una lección para nosotros, (Ver 1 Corintios 10:11).