viernes, 14 de agosto de 2015

ATANDO AL ENEMIGO

“Porque muchos son llamados, y pocos escogidos” (Mateo 22:14). Me imagino a Dios mirando el salón de banquetes, declarando, “Por muchos años llame a Israel, a través de mis apóstoles, pero se negaron a escuchar. Ahora estos invitados que están en mi casa han respondido a mi llamado. Te digo, que ellos fueron escogidos, y no permitiré que Satanás separe a ninguno de ellos de mi cuerpo.”

Nosotros sabemos que todavía el diablo no ha sido echado a su prisión eterna. Sin embargo, mientras festejamos en la mesa del banquete, esperando que llegue el Novio, se nos ha dado una orden. El Rey nos ha dicho que atemos al diablo y lo echemos fuera del salón de banquetes. En resumen, debemos levantarnos y tomar una acción seria contra los ataques de Satanás sobre el cuerpo de Cristo.

Asombrosamente, esta orden es ignorada por muchos cristianos. Cada vez que vemos un creyente compasivo sufriendo, pensamos, “Le ofreceré consuelo. Quiero ser un oído que escucha.” O, “Yo puedo proveer algún tipo de consuelo. Le llevare una comida, o le ofreceré ayuda financiera.” Estos son ciertamente actos de amor piadoso, pero a menudo, no es suficiente.

Si nosotros sabemos que Satanás esta diciendo mentiras en la vida de alguien, se nos requiere que hagamos algo más que escuchar y ofrecer consejo. Debemos reunir a otros creyentes y tomar autoridad sobre el enemigo. Jesús nos dice que algunas clases de opresiones “no salen sino es con oración y ayuno” (Mateo 17:21). Por lo tanto, con oración y ayuno, debemos atar al enemigo. Y debemos echarlo fuera de la mente, el alma y circunstancias de nuestros compañeros creyentes.

¿Estás viviendo bajo una nube de desesperación? ¿Conoces a un hermano o hermana que esta abatido, escuchando las acusaciones de Satanás? Te animo a que busques creyentes que oran en el cuerpo de Cristo. Acércate a aquellos que realmente conocen el corazón de Dios. Y permite que ellos te señalen las mentiras del enemigo por lo que son.

Las escrituras dicen que si uno de ustedes esta herido, todos sentimos el dolor. Por eso es absolutamente vital que nos reunamos en el nombre de Jesús, por causa de los demás. Debemos clamar a la autoridad de nuestro Salvador, atar al enemigo, y echarlo fuera de nuestras vidas. Entonces podremos tomar cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo. Esa es la verdadera obra del cuerpo de Cristo.