jueves, 26 de julio de 2012

¡MI ROPA SE INTERPUSO EN EL MENSAJE!

Recuerdo que cuando era joven evangelista predique en una cruzada ante 5.000 personas en Los Ángeles. Al menos 2.000 de esas personas eran hippies cristianos. Acababan de nacer de nuevo y habían salido de la cultura hippie. Muchos de estos jóvenes se tendían frente a mí en el suelo, descalzos, llevando el pelo largo y con ropa andrajosa.

Esa noche yo estaba vestido con un fantástico blazer azul, hermosa corbata, a la última moda con pantalones de campana y zapatos brillantes. Cuando subí a la plataforma, empecé a criticar a esos jóvenes y dije: "¡Algunos de ustedes tienen un aspecto horrible. Pónganse ropa decente y córtense ese pelo antes de volver mañana por la noche!"

Entre bastidores después del servicio, me encontré con una delegación de aquellos melenudos, jóvenes hippies cristianos. Uno de ellos pasó los dedos por el cuello de mi abrigo de moda y dijo: "¡Qué hermoso traje!" Entonces él me miró y dijo: "Hermano David, no hemos podido ver a Jesús esta noche".

"¿Por qué no?" Le pregunté.

"Su ropa se puso en el camino", respondió. Había considerado que ellos estaban muy mal vestidos y que no consideré que yo estaba demasiado bien vestido.

Esos jovencitos no se burlaban de mí, ellos eran sinceros; ellos lloraron cuando me dijeron: "Nosotros creemos que eres un hombre de Dios, pero has perdido algo." Ahora sé que era la misericordia lo que me faltaba. Nunca critique ese aspecto otra vez. Dios me enseñó una lección muy dura, una por la que oro permanentemente en mi corazón.

Permítanme decir esto: Muchos cristianos piensan que es suficiente ser puros y santificados. Creemos que es el tema número uno y que todo lo que necesitamos hacer es abstenernos del mal, salir del mundo y permanecer limpios. Mientras no fumamos, bebemos, fornicamos o cometemos adulterio, pensamos que somos puros.

Durante años, nadie ha predicado más fuertes mensajes de santidad y pureza como lo he hecho. Sin embargo, según Santiago, la pureza no es más que la primera causa de preocupación: " En cambio, la sabiduría que desciende del cielo es ante todo pura, y además pacífica, bondadosa, dócil, llena de compasión y de buenos frutos, imparcial y sincera." (Santiago 3:17). Sí, en primer lugar debemos ser puros, pero la misericordia, la gracia y la bondad deben seguir.