miércoles, 3 de mayo de 2017

EN EL CAMINO HACIA LA SANTIDAD

Pablo confirma nuestra justa posición para con Dios a través de Cristo: “Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación” (Romanos 5:10-11).
A pesar de que nuestro corazón nos condena, Juan nos dice: “Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Juan 2:1). Permíteme mostrar un ejemplo de esto en la propia vida de Jesús.
Un día antes que Jesús fuera crucificado, Él les lavó los pies a Sus discípulos. Les dijo a estos hombres tan imperfectos: “El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis, aunque no todos” (Juan 13:10). Quizás te preguntes: “¿Cómo pudo decir Jesús que estos discípulos estaban limpios? Cualquier observador casual de esta escena, habría quedado atónito por la declaración de Jesús. Los once hombres a los que les habló ya habían manifestado tener orgullo, incredulidad, egoísmo, ambición, codicia, inconsistencia y venganza. El hecho es que Cristo hizo esta declaración acerca de ellos porque Él los había elegido. Él los había colocado en un camino hacia la santidad. ¡Todo fue por gracia!
Jesús también sabía lo que había en el corazón de los discípulos a pesar de su total imperfección. No sólo eso, sino que Él también veía más allá del tiempo de quebranto y contricción al que ellos estaban a punto de entrar.
Digamos que yo te pidiera que enumeres todos los pecados que estos discípulos cometieron. Creo que yo podría decir confiadamente que tú y yo hemos sido culpables de todos esos mismos pecados durante ciertas épocas a lo largo de nuestras vidas. Sin embargo, Jesús tiene la respuesta para todos nosotros: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1).