lunes, 6 de febrero de 2017

DERRIBANDO MUROS - Gary Wilkerson

“No quiero que nada en mi vida impida lo que Dios quiere hacer”.
Dios siempre está trayendo a su pueblo a este punto, porque antes de darnos lo mejor, primero debe hacer algo en lo profundo de nosotros. Quiere darnos su victoria, pero también desea nuestra absoluta devoción.
Los primeros seis capítulos de Josué describen la obra gloriosa que Dios hizo entre su pueblo. Israel había sido liberado después de 400 años de esclavitud, el pueblo venía de haber pasado 40 años vagando en el desierto y ahora se encontraban en la frontera de Canaán, la tierra que Él les había prometido años atrás. Al cruzar la frontera sucedió algo: Josué se dirigió inmediatamente a la generación de hombres más jóvenes y los apartó para Jehová. La Escritura usa el término “circuncidó” para referirse a su preparación, pero el significado más profundo es: “Ellos fueron preparados”.
Josué hizo esto porque ahora que habían cruzado, enfrentaban los anchos e impenetrables muros de Jericó. Vencer a este enemigo habría sido imposible para los sencillos israelitas. Dios les estaba diciendo: “Los he bendecido todos estos años y han experimentado mis increíbles riquezas, sin embargo la labor de ustedes aún no acaba”.
¿Cómo se prepararon los israelitas para la siguiente batalla? No afilaron sus espadas ni le sacaron brillo a su armadura. En lugar de ello, la preparación se llevó a cabo dentro de sus corazones. Dios les ordenó que rodeen la ciudad entonando canciones, orando y esperando en Él. Finalmente, los hizo tocar sus trompetas y dar voces. ¡En un instante, aquellos muros poderosos se desmoronaron!
Después de eso, Josué y sus hombres hicieron grandes proezas, derrotando a sus enemigos, heredando grandes porciones de tierra y teniendo victorias como nunca antes. Del mismo modo, yo creo que el Señor quiere derramar su Espíritu sobre nosotros de manera asombrosa. Quiere que creamos que Él quiere hacer todo esto; en pocas palabras, quiere que tengamos una fe inconmovible.