jueves, 19 de marzo de 2015

NO AMÉIS AL MUNDO

La Palabra dice: "No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo" (1 Juan 2:15). Jesús advirtió: "Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee" (Lucas 12:15).

Las cosas, nuestras posesiones, nos pueden atar a este mundo. Mientras el cielo y el infierno se están preparando para la guerra, nosotros nos vamos de compras. ¡Los valores eternos están en juego! El final de todo lo que conocemos está cerca, ¡y nosotros estamos ocupados jugando con nuestros juguetes!

La Escritura dice que en los días de Noé "estaban comiendo y bebiendo, casándose y dando en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca" (Mateo 24:38). Y que en los días de Lot "compraban, vendían, plantaban, edificaban" (Lucas 17:28).

Ahora bien, esta actividad no era mala en sí misma. Estoy seguro de que el mismo Noé debía comprar y vender. ¡Después de todo, él estuvo envuelto durante 120 años en un proyecto de construcción! Pero la clave en todo esto está en que estas personas hacían todas estas cosas hasta el mismo día del juicio, así que nadie estaba oyendo, atendiendo ni preparándose. ¡Nadie se estaba desprendiendo del espíritu de esclavitud a los bienes materiales!

Recientemente, un amigo misionero, escribió en una carta enviada desde Hong Kong, que él acogió a dieciocho estudiantes chinos para que duerman en su pequeño apartamento. Los estudiantes, que estaban huyendo del comunismo, no tenían dinero y sólo tenían lo que llevaban puesto.

Estos cristianos son un ejemplo de personas que han "soltado". No huían de su país porque querían el materialismo occidental. Por el contrario, ¡ellos sólo querían ser libres! Querían vivir en un país ¡donde el alma es libre para adorar!

En contraste, la Iglesia no está escapando, sino profundizando más; en sus televisores, sus reproductores de video, sus propias conveniencias, su "buena vida".

Resuenan en mi alma las asombrosas palabras que Jesús les dio a sus siervos, al decirles que de toda palabra ociosa "darán cuenta" (Mateo 12:36). Si hemos de dar cuenta de toda palabra, ¿no estamos también llamados a dar cuenta de todo tiempo ocioso y todo dinero derrochado?

Todos estaremos delante del Señor y rendiremos cuenta. De modo que es mejor preguntarnos ahora: ¿Cuáles son mis razones? ¿Por qué soy tan descuidado? ¿Por qué tan egoísta? ¿Por qué tan derrochador?