viernes, 1 de noviembre de 2013

EL PACTO DE ACAB CON EL MUNDO

En una ocasión, Acab sí se arrepintió por la predicación de Elías: "Entonces vino palabra de Jehová a Elías tisbita, diciendo: ¿No has visto cómo Acab se ha humillado delante de mí?" (1 Reyes 21:29). A partir de ese día, él podía mirar hacia atrás y decir: "¿Arrepentimiento? Sí, bajo la predicación de ese gran profeta de Dios, Elías". Pero para Acab, ésta fue una experiencia de una sola vez, no un caminar diario. El problema era que él se había vuelto amigo y hermano del mundo. “Hermano” significa "afinidad, uno igual que yo, a quien yo respeto". Él hizo un pacto con lo que Dios había maldecido. Decía amar la verdad, pero en el fondo, aborrecía el reproche.

Hoy muchos dicen: "Queremos sólo la verdad. ¡Predíquela tal como es!". Pero en sus corazones, están diciendo: "Demasiada tristeza, es demasiado duro. No puedo soportar más esto".

Acab estaba ciego al terrible hecho de que estaba siendo guiado por un espíritu de mentira. Este espíritu de mentira hizo que Sedequías, un falso profeta, se jactara de que el Espíritu de Dios estuviera sobre él (ver 1 Reyes 22:24). Ahora Acab estaba plenamente convencido de que estaba oyendo la voz de Dios y de que volvería victorioso.

Los cristianos atados por la doctrina de Jezabel están 100 por ciento seguros de que tienen razón. No pueden ver el engaño. Acab no subió pensando: "Los cuatrocientos son falsos, no tienen Palabra de Dios". No, él subió totalmente convencido, totalmente engañado, totalmente seducido.

¿Por qué algunos cristianos caen en el engaño? "He aquí, vosotros confiáis en palabras de mentira, que no aprovechan. Hurtando, matando, adulterando, jurando en falso, e incensando a Baal, y andando tras dioses extraños que no conocisteis, ¿vendréis y os pondréis delante de mí en esta casa sobre la cual es invocado mi nombre, y diréis: Librados somos; para seguir haciendo todas estas abominaciones?" (Jeremías 7:8-10). Ahí está la respuesta: Aferrarse a algún pecado mimado, algún ídolo secreto en el corazón. Una justificación del pecado, un parentesco con el mundo. Luego, vienen a la casa de Dios y exclaman, jactándose: "Yo no estoy condenado". Ésta es una invitación abierta a los espíritus de mentira.