lunes, 25 de julio de 2011

PAN DE FORTALEZA

Una vez pasé una semana llorando ante el Señor, clamando a Él por un mensaje de consuelo y esperanza para todos los creyentes heridos que escriben a nuestro ministerio. Mientras trabajaba en Nueva York con los adictos, alcohólicos y personas sin hogar, oré "Señor, dondequiera que miro veo dolor, angustia, fracaso y problemas. ¿Qué mensaje es posible darles a aquellos con tan extrema necesidad? ¿Cuál es tu palabra para ellos? Seguro que tú cuidas a estas preciadas personas. Sin duda, quieres traerles una palabra que puede dejarlos en libertad."

El Señor me dio certeza de que ha provisto una forma de fortalecer a todos sus hijos para resistir al enemigo. Esta fuerza proviene solamente de comer el pan que descendió del cielo. Nuestra salud espiritual depende de que nosotros tomemos este pan.

Escuche con atención las palabras de Jesús: "El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, vivirá por mí" (Jn. 6:57). Jesús estaba en tan estrecha comunión con el Padre y se encontraba tan comprometido con hacer sólo su voluntad, que las palabras del Padre se convirtieron en su comida y bebida. Jesús fue sostenido diariamente al escuchar y observar lo que el Padre quería. Todo esto fue resultado de pasar tiempo a solas con Él.

Cristo dijo a sus discípulos: "Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis.... Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y que acabe su obra "(Juan 4:32 y 34). También les ordenó: "Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará" (Juan 6:27). No podemos omitir este secreto sobre fortaleza. Así como Cristo vivió por el Padre, también nosotros recibimos la vida al alimentarnos de Cristo.

Cuando los hijos de Israel estaban en el desierto, el maná que los sustentaba se distribuía diariamente. A través de este ejemplo, Dios nos está diciendo que lo que comimos de Cristo ayer, no suple nuestra necesidad de día de hoy. Debemos admitir que pasaríamos hambre espiritual y seríamos débiles y desamparados sin un suministro diario de pan fresco celestial. Debemos venir a la mesa del Señor con frecuencia.