jueves, 30 de septiembre de 2010

CONOCIENDO A DIOS

Voy a hacer una declaración que tal vez le parezca chocante, pero se lo digo con toda sinceridad: ¡Yo realmente no conozco a Dios! Quiero decir que no lo conozco de la manera que él quiere que lo conozca.

¿Cómo sé esto? El Espíritu Santo me lo dijo. El susurró amorosamente, “David, tú realmente no conoces a Dios en la manera que él quiere que lo conozcas. Tú realmente no le permites a él ser Dios para ti.”

En el Antiguo Testamento, Dios tomó un pueblo para sí – personas que no eran más ricas ni más inteligentes que otras – sólo para ser su Dios: “Y os tomaré por mi pueblo y seré vuestro Dios” (Éxodo 6:7). Dios estaba diciendo, en otras palabras, “¡Voy a enseñarles a ser mi pueblo – para poder ser Dios para ustedes!”

Verdaderamente, Dios se reveló y manifestó a su pueblo una y otra vez. El envió ángeles. Les habló audiblemente. Cumplió cada promesa librándolos grandemente. Pero después de cuarenta años de milagros y señales asombrosas, la opinión de Dios sobre su pueblo fue: “¡No me conocéis – no conocéis mis caminos!”

“Cuarenta años estuve disgustado con la nación y dije: Pueblo es que divaga de corazón, y no han conocido mis caminos” (Salmo 95:10). Dios dijo “¡En todo esto, ustedes nunca realmente dejaron que yo fuese vuestro Dios! ¡En los cuarenta años que quise enseñarles, ustedes todavía no me conocen – todavía no saben cómo trabajo!”

¡Dios está todavía buscando a personas que le dejen ser Dios para ellos – al punto que ellos verdaderamente lo conozcan y aprendan sus caminos!

Las Escrituras dicen de Israel “Y volvían y tentaban a Dios, y provocaban al Santo de Israel” (Salmo 78:41). Israel se apartó de Dios en su incredulidad. Y de igual manera, yo creo que nosotros limitamos a Dios hoy día con nuestra duda e incredulidad.

Confiamos en Dios en la mayoría de las áreas de nuestra vida – pero nuestra fe siempre tiene límites y fronteras. Tenemos por lo menos una pequeña área que marcamos como nula, donde no creemos que Dios realmente hará algo por nosotros.

Yo limito a Dios mayormente en el área de la sanidad. He orado por la sanidad física de muchos, y he visto a Dios hacer milagro tras milagro. Pero cuando se trata de mi propio cuerpo, ¡yo limito a Dios! Tengo temor de dejar que él sea Dios para mí. ¡Me lleno de medicamentos o corro a ver al médico aun antes de orar por mí mismo! No estoy diciendo que está mal ver al médico. Pero algunas veces se me puede describir como aquél que “en su enfermedad no buscó a Jehová, sino a los médicos” (2 Crónicas 16:12).

Yo le pregunto: ¿Ora usted para que Dios derribe las murallas de China o Cuba – pero cuando se trata de la salvación de su propia familia, usted no tiene ni una onza de fe? Usted piensa, “Dios no debe querer hacer esto. Mi ser querido es un caso tan duro. Parece que Dios no me escucha sobre esto.” ¡Si esto es cierto, usted no ve a Dios como Dios! ¡Usted es ignorante de los caminos de Dios! El deseo de Dios es “hacer todas las cosas más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros” (Efesios 3:20).

Los setenta ancianos de Israel comieron y bebieron en la mismísima presencia de Dios en la montaña. Pero el Señor dijo de ellos, “¡Ustedes nunca llegaron a conocerme ni a mis caminos!”

Los discípulos pasaron tres años en la presencia de Dios – con Cristo, el cual era Dios en la carne. Ellos se sentaron a escuchar sus enseñanzas y estuvieron con él día y noche. ¡Pero al final, ellos lo abandonaron y huyeron – por que no conocieron sus caminos!

Jesús dice que Dios no escucha nuestras oraciones y alabanzas simplemente por que las repetimos una y otra vez, durante horas. Es posible orar, ayunar y hacer cosas justas, y aun así no alcanzar el lugar donde tenemos hambre de conocerlo y de comenzar a entender sus caminos. No aprendemos sus caminos en nuestro lugar de oración solamente, aunque todo aquél que verdaderamente conoce al Señor, es muy íntimo con él. Usted no puede conocer los caminos de Dios sin estar mucho tiempo con él en oración. Pero la oración debe de incluir tiempo de calidad en el cual le permitimos a Dios ser Dios para nosotros – colocando cada necesidad y petición en sus manos y dejándolas allí.