martes, 30 de junio de 2009

LLAMADOS A SER COMO CRISTO

Jeremías habló de predisponer el corazón para buscar a Dios (ver Jeremías 30:21). Jeremías también propuso en su corazón buscar al Señor, y la Palabra de Dios vino a él. Una y otra vez leemos del profeta que “La palabra del Señor vino a Jeremías”.

 

Muchos comentadores llaman a Jeremías “el profeta que lloraba” y eso verdaderamente es cierto acerca de él. Pero este hombre también nos trajo el evangelio más feliz y más lleno de alabanza en el Antiguo Testamento. Después de todo, él habló de la gloria venidera (ver Jeremías 32:40).

 

Y esas son buenas noticias. La profecía que nos da Jeremías es llena de misericordia, gracia, gozo, paz y bondad. Pero vea usted, hay una historia personal detrás de cada palabra de Jeremías aquí. Y esa historia incluye un quebrantamiento más allá de la capacidad de un ser humano.

 

Jeremías escribió, “¡Mis entrañas, mis entrañas! Me duelen las fibras de mi corazón; mi corazón se agita dentro de mí, no callaré, porque sonido de trompeta has oído, alma mía: ¡un pregón de guerra! (4:19). “¡Ay, si mi cabeza se hiciera agua y mis ojos fuentes de lágrimas, para llorar día y noche a los muertos de la hija de mi pueblo!” (9:1).

 

Jeremías lloraba lágrimas santas que no eran suyas propias. Verdaderamente, este profeta actualmente escuchó  a Dios hablar acerca de lo sentía en su corazón herido y de su llanto. Primero, el Señor advirtió a Jeremías que él enviaría juicio sobre Israel. Luego le dijo al profeta, “Por los montes levantaré lloro y lamentación, y llanto por los pastizales del desierto” (9:10). La palabra Hebrea que se usa aquí para lamento, significa “llanto”. Dios mismo estaba llorando sobre el juicio que vendría sobre su pueblo.

 

Cuando Jeremías escuchó esto, él compartió la pena que Dios tenía sobre su pueblo. Así que, ¿qué sucede  cuando nosotros compartimos con Dios la carga de su llanto? En retorno, el Señor comparte con nosotros su propia mente y pensamientos. Jeremías testificó sobre esto. Él había recibido un conocimiento discerniente de los tiempos, que le permitía ver lo que venía. “Porque Jehová de los ejércitos, que te plantó, ha decretado el mal contra ti…Jehová me lo hizo saber, y lo supe; entonces me hiciste ver sus obras” (Jeremías 11:17-18). A cualquier santo  quebrantado y saturado de la Palabra, le será dado un sentido de discernimiento acerca de los tiempos.

 

 Yo creo que Dios tiene un corazón humano, y ese corazón es Cristo, el cual es la propia esencia del Padre. Él es el corazón humano de Dios, que es tocado por nuestros sentimientos de dolor. ¡Él lloró! ¡Él cantó!  Él se regocijó.

 

Los preciosos hombres de Dios son privilegiados en compartir los sentimientos, el gozo y los dolores de ese corazón humano y eterno de Dios.