lunes, 22 de diciembre de 2014

HAMBRIENTOS DE GRACIA by Gary Wilkerson

Estoy convencido de que hay un hambre en todo el mundo por la gracia de Cristo y la Escritura lo atestigua. Lucas escribe que cuando Jesús predicó el Sermón del Monte, una gran multitud de gente "había venido para oírle, y para ser sanados de sus enfermedades; y los que habían sido atormentados de espíritus inmundos eran sanados" (Lucas 6:18). Estas multitudes vinieron porque habían oído un rumor sobre un hombre de gracia que los sanaría.

"Y descendió con ellos…una gran multitud de gente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón" (Lucas 6:17). Las masas adoloridas no viajaban esas distancias porque querían escuchar a un predicador animándolas a esforzarse más. Ellos ya estaban desgastados por el desánimo, la enfermedad y la desesperación por esfuerzos de permanecer piadosos. Y ésta no era tan sólo una reunión de gente “buena”. Muchos vivían probablemente entre la vida y la muerte, personas hechas a un lado por su quebrantada condición. En cualquier caso, guardar la Ley no les trajo vida.

A estos peregrinos hambrientos, la reputación de la gracia de Jesús resultó ser cierta. Él no sólo predicaba la gracia pero la demostraba, sanando a todos: "Poder salía de él y sanaba a todos" (Lucas 6:19).

Cuando niño, medía mi caminar con Cristo por lo bien que demostraba humildad, pureza y misericordia. Si me sorprendía a mí mismo siendo agresivo, pensaba: "Tengo que ser más humilde y manso". O si tenía pensamientos sexuales, me preguntaba: "¿Cómo voy a ser capaz de mantener un corazón puro?" Al igual que muchos antes que yo, convertí la promesa de la gracia de Dios de bendecir, en leyes que trataba de guardar. Si yo "vivía" las bienaventuranzas lo suficientemente bien, entonces tal vez Dios diría: "Gary, eres bendecido".

¡No! Eso es completamente al revés y totalmente opuesto al evangelio de Cristo. Cuando Jesús miró a esa multitud de personas, Él los vio que ya eran pobres en espíritu, de rodillas en humildad, abatidos por la enfermedad, agotados por sus esfuerzos de vivir una buena vida. Entonces, ¿qué hizo? ¡Habló bendiciones sobre ellos! Así como el Señor habló creación sobre un vacío de absoluta oscuridad, Jesús habló bendiciones divinas sobre los pecadores devastados, personas golpeadas por la vida. Él les aseguró: "Ustedes vinieron aquí en lamento, pero yo les digo que son bienaventurados en los ojos de Dios, bienaventurados en su matrimonio, bienaventurados en sus labores, bienaventurados en las profundidades de su alma".

¡Este era un mensaje radical a sus oídos! Estas personas sólo conocían los términos del Antiguo Pacto. Ellos pensaban que merecían oír: "¡Estás maldito! No guardaron la Ley de acuerdo a Deuteronomio, de lo contrario sus vidas serían bendecidas". Jesús les dijo lo contrario: "Antes de que ustedes hayan hecho algo por Mí, antes de que hayan orado, adorado o confesado, ¡Yo ya los bendije!"