martes, 20 de mayo de 2014

EL BESO DEL PADRE

Una gran bendición es nuestra cuando nos sentamos en lugares celestiales. ¿Cuál es esta bendición? Es el privilegio de aceptación: “…con la cual nos hizo aceptos en [Cristo]” (Efesios 1:6). La palabra para acepto aquí significa “sumamente favorecido”. El uso de Pablo para la palabra acepto en este versículo se traduce como: “Dios nos ha favorecido a lo sumo. Somos muy especiales para Él, porque estamos en nuestro lugar en Cristo.”

Porque Dios aceptó el sacrificio de Cristo, ahora nos ve solo como una persona: Cristo y aquellos que están unidos a Él por fe. Nuestra carne ha muerto a los ojos de Dios. ¿Cómo? Jesús deshizo nuestra antigua naturaleza en la cruz, así que ahora cuando Dios nos mira, solo ve a Cristo. A su vez, nosotros debemos aprender a vernos como Dios nos ve. Eso significa, no enfocarnos solamente en nuestros pecados y debilidades, sino en la victoria que Cristo ganó por nosotros en la Cruz.

La parábola del Hijo Prodigo (Ver Lucas 15:11-31) provee una poderosa ilustración de la aceptación que viene cuando se nos da una posición celestial en Cristo. Tú conoces la historia: un joven pidió su herencia de su padre y la malgastó en una vida pecaminosa. Entonces, una vez que el hijo llegó a la bancarrota moral, emocional y físicamente, pensó en su padre, pero estaba convencido que había perdido todo favor con él.

Las escrituras nos dicen que este joven quebrantado estaba lleno de tristeza por su pecado y clamó, “No soy digno, he pecado contra el cielo.” Pero entonces el hijo pródigo se dijo a sí mismo, “Me levantaré e iré a mi padre” (Versículo 18). Él estaba ejercitando su bendición de acceso. ¿Te imaginas la escena? Él hijo pródigo se había alejado de su pecado, y se volvía hacia la puerta abierta que su padre le prometió. Él estaba caminando en arrepentimiento y apropiándose de aquel acceso.

Así que, ¿Qué le paso al hijo pródigo?. “Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.” (Lucas 15:20). Que bella escena. El hijo pecador fue perdonado, abrazado y amado por su padre, sin ira ni condenación alguna. Cuando él recibió el beso de su padre, supo que había sido aceptado.