lunes, 24 de diciembre de 2012

UNA PALABRA DE SANIDAD DEL CIELO

Jesús fue atraído a un hombre enfermo tumbado en el estanque de Betesda. "Y había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo. Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano?" (Juan 5:5-6). Este hombre lisiado no identificado tiene muchas caras y representa multitudes de cristianos enfermos que se sienten desesperanzados.

La enfermedad viene en muchas formas: física, espiritual, mental, o todas ellas a la vez. Mental y espiritualmente tú puedes ser ese hombre tumbado en el estanque. Estás en una situación que parece desesperanzadora y no ves ninguna salida. Nadie entiende realmente la profundidad de tu sufrimiento, ni un solo amigo o ser querido parece tener el tiempo, el amor o la energía para realmente palpar el dolor en ti.

Echa un buen vistazo a ese hombre enfermo y piensa en los años de lucha, las heridas acumuladas en él debido a personas indiferentes e insensibles. ¿Cuántas veces debe de haber levantado la mano seca a aquellos que pasaban apurados para cubrir sus propias necesidades, clamando: "¡Alguien que me ayude! ¡Por favor! ¡No puedo hacerlo por mi mismo!"

Multitudes de cristianos están espiritualmente indefensos y enfermos a causa de una prolongada batalla con algún pecado asediante que les ha privado de la vida espiritual y la vitalidad. Yacen indefensos en la cama de la depresión y la desesperación, siempre con la esperanza de un milagro, siempre esperando que alguien mueva las cosas y que haga que algo suceda. Se arrastran a si mismos a una reunión tras otra, sesiones de consejería y seminarios esperando ese gran milagro que cambia vidas. Pero nada cambia.



Yo creo que el gran amor de Dios se revela en respuesta a un clamor del corazón, y creo que Jesús vino a este hombre en respuesta a un clamor profundo y agonizante hacia el Padre. La Biblia tiene mucho que decir acerca de este clamor del corazón. "En mi angustia invoqué a Jehová, y clamé a mi Dios. El oyó mi voz desde su templo, y mi clamor llegó delante de él, a sus oídos”. (Salmos 18:6). ¡Un clamor a Dios desde el corazón siempre será contestado con una palabra de sanidad y misericordia desde el cielo!