miércoles, 12 de diciembre de 2012

TOMANDO EL PECADO LIGERAMENTE

El Profeta Ezequiel nos ofrece una vívida ilustración de lo que le pasa a la gente que toma su pecado ligeramente. En esta explicación, los setenta ancianos de Judá vinieron a Ezequiel para recibir una palabra del Señor. Todos estos hombres estaban en el servicio del templo, y cuando se reunieron con el profeta para adorar, a Ezequiel le fue dada una visión asombrosa:

“…estaba yo sentado en mi casa, y los ancianos de Judá estaban sentados delante de mí, y allí se posó sobre mí la mano de Jehová el Señor. Y miré, y he aquí una figura que parecía de hombre; desde sus lomos para abajo, fuego…parecía resplandor, el aspecto de bronce refulgente. Y aquella figura extendió la mano, y me tomó por las guedejas de mi cabeza; y el Espíritu me alzó entre el cielo y la tierra, y me llevó en visiones de Dios a Jerusalén…” (Ezequiel 8:1-3)

El Espíritu Santo cayó sobre esa reunión, y el santo fuego de Dios llenó el lugar de luz: “Y he aquí, allí estaba la gloria del Dios de Israel…” (Verso 4). Cada vez que la ardiente presencia de Dios se manifiesta en una reunión, el pecado siempre es expuesto. Repentinamente, el profeta vio que las mentes de estos hombres estaban llenas con “…toda forma de reptiles y bestias abominables” (Verso 10). Él estaba describiendo fortalezas demoniacas, seres diabólicos. ¡Y éstos se habían infiltrado en la casa de Dios a través del ministerio!

Allí estaban sentados los setenta ancianos, calmados y plácidos, parecían adoradores buscando la dirección del Señor. En realidad, sin embargo, estaban cubriendo el pecado oculto. Ellos habían estado realizando las prácticas de adoración externa en el ministerio del templo, pero en realidad pertenecían a una sociedad secreta de adoradores del sol. Ellos empleaban prostitutas en el templo como parte de ritual de adoración, estos ancianos supuestamente piadosos tomaban parte en la fornicación.

Lo peor de todo, es que estos hombres no estaban convencidos de su horrible idolatría. Ellos se habían convencido a sí mismos que Dios pasaba por alto su idolatría. David estuvo terriblemente apesadumbrado por su pecado pero estos setenta ancianos no sentían ninguna flecha de convicción, ninguna pérdida de fuerza física, ningún dolor emocional. En lugar de eso, fueron engañados por lo que Moisés llamó una “falsa paz”.

“Y suceda que al oír las palabras de esta maldición, él se bendiga en su corazón, diciendo: Tendré paz, aunque ande en la dureza de mi corazón, a fin de que con la embriaguez quite la sed. (Deuteronomio 29:19)

En otras palabras: “Una persona engañada es como un borracho que ha perdido toda habilidad de discernir. No puede ni siquiera distinguir entre la sed y la embriaguez”