jueves, 9 de agosto de 2012

TOMA MI MANO Y SIGUEME

Cuando yo era un pastor joven en Pennsylvania leí muchos libros acerca de hombres de Dios que habían llevado estilos de vida sencillos. Esto parecía ser la respuesta a mi deseo de ser usado por Dios. En ese tiempo yo conocí a un pastor que hablaba con gran autoridad, él era un héroe para mí. Él guió mi vida a una total simplicidad, habitando en un lugar pequeño y solamente siendo propietario de mi ropa.

Eso era lo que yo entendía sobre el negarse a sí mismo -un estilo de vida Espartano. Yo pensé, “Esto es lo que yo anhelo. Yo puedo ser una fuente poderosa para ti si tú solamente vacías mis armarios, los regalas y me dejas con dos cambios de ropa. Yo puedo vender mi auto y comprar uno barato. Yo puedo comprar una casa vieja y poco atractiva. Yo puedo dejar a un lado un buen filete de carne por una hamburguesa. Yo puedo poner un buen ejemplo al no desear cosas materiales en la tierra.” Más bien con todo esto yo estaba diciendo, “ Si yo solamente pudiera sufrir lo suficiente - si solamente yo pudiera hacer a un lado mi carne y ser un ascético - yo podré servir al Señor con verdadero poder.”

Mas tarde mi héroe empezó a enseñar falsa doctrina y muchas vidas fueron destruídas por ello. Fue en ese momento cuando el Señor me dijo, “Esto no es de lo que se trata la victoria, David. La victoria no se trata de ti - es Mía.”

Amado, es en ese mero instante en que Jesús viene a nosotros y nos dice, “Toma mi mano y sígueme - en Mi muerte, en Mi sepulcro y Mi resurrección. Mira hacia la cruz. Abrázala y agárrate de mi victoria. Es allí donde la crucifixión de tu carne toma lugar.”

Sí, el morir en Cristo es un acto de fe. Nosotros tenemos que considerarnos a nosotros mismos muertos en pecado y vivos para Dios a través de nuestro Señor Jesucristo. Cuando Pablo dice que él quiere conocer a Cristo en el poder de Su resurrección y ser partícipe Sus sufrimientos, él está hablando acerca de la resurrección y sufrimientos mismos de Cristo - no de nadie más.

“Quiero conocerlo a él y el poder de su resurrección, y participar de sus padecimientos hasta llegar a ser semejante a él en su muerte,” (Filipenses 3:10)