martes, 7 de agosto de 2012

LA INVITACION DE LA CRUZ

Dios miró a un mundo de personas enfermas en pecado, habitando en prisiones de miedo y desesperanza. Por tanto Él envió a Su propio Hijo. Jesús vino a la tierra, tomando la flaqueza del hombre y le dijo a todo el que escuchó: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.” (Mateo 11:28).

La invitación de la cruz es un llamado a toda alma que está enferma de pecado. Jesús llama a todo aquél que está atado a sus propias cadenas, a hábitos y pecados. “Venid a mí los que estáis trabajados. ¡No hay otro camino que Mi cruz!” Jesús murió en la cruz no solamente para perdonar el pecado sino para romper todo poder malvado sobre nosotros. Usted observa cómo todo pecado afecta la carne. El pecado quita todo lo bueno, amable y precioso. Este endurece el corazón, destruye la paz y causa culpa, lamento y pena. Este consume los pensamientos de la mente, debilita y oscurece el alma. El pecado trae consigo temor y lo peor de todo, termina con la comunión con Dios.

Si yo fuera a predicar acerca de las demandas de la cruz en muchas iglesias actuales, acerca de la muerte a la lujuria y a los placeres del mundo, las multitudes huirían, así como lo hicieron cuando Jesús les dijo sobre el costo que había en seguirle a Él.

Tales iglesias nunca mencionan la cruz. En su lugar éstas dedican su energía a reuniones llenas de espectáculos, ilustraciones dramáticas, y sermones acerca de cómo manejar los problemas de la vida.

Yo creo que Dios debe de parpadear ante todos los intentos fallidos por atraer almas con estos incentivos modernos. Él parece tener mucha paciencia ante tales bien intencionados esfuerzos carnales por promover el evangelio. Dios amonesta a los ministros de estas iglesias si se rehúsan a alertar a su pueblo sobre lo imperativo que es abandonar sus pecados.

Jeremías se lamentó, “...fortalecen las manos de los malos, para que ninguno se convierta de su maldad...”(Jeremías 23:14).

“Si ellos hubieran estado en mi secreto, habrían hecho oír mis palabras a mi pueblo, y lo habrían hecho volver de su mal camino y de la maldad de sus obras.” (versículo 22). Yo le digo a ministros, “Trae de nuevo la cruz - si no la sangre del pueblo estará en tus manos.”