miércoles, 9 de marzo de 2016

LA VOZ QUIETA Y APACIBLE

Como el enemigo de nuestras almas, la carne pide ser oída. Siempre insiste que está bien calmar nuestros deseos de vez en cuando, que todo lo que necesitamos es un amigo que esté de acuerdo con nosotros, y Dios bendecirá nuestras decisiones.

El Señor nos provee otra promesa grande y preciosa aquí. La Escritura dice que el Espíritu lucha dentro de nosotros contra todo lo que es de la carne: “Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí” (Gálatas 5:17). Pablo está diciendo que la batalla contra la carne no es nuestra lucha. Solamente el Espíritu Santo puede mortificar nuestra carne.

La voz del Espíritu Santo te instará a llevar su palabra a la oración y a confirmarla también en la palabra de Dios. Hemos recibido todas estas promesas de protección, para todas y cada una de las situaciones, y están disponibles en cada conflicto que surja, no importa cuán grande o pequeño.

Siempre que la carne o el diablo vienen como una inundación, el Espíritu Santo es siempre fiel en levantarse y demoler el ataque, si confiamos en él.

Hoy, una generación entera de cristianos está haciendo decisiones sin consultar al Espíritu Santo. Muchos creyentes están actuando a causa del miedo o la desesperación, sin fe en las promesas de Dios. Ellos simplemente deciden lo que van a hacer por sí mismos, basado en lo que piensan que es mejor.

¿Cuál es el resultado para esos creyentes? ¿Qué pasa cuando los siervos de Dios operan fuera del gobierno absoluto del Espíritu Santo—cuando idean sus propios planes, rehusando someterse a la guía y dirección del Espíritu Santo? Arman un revuelo espiritual, y no traen descanso sino pena, dolor y confusión.

Ha habido muchas veces cuando no he escuchado la voz del Espíritu. Es más, puedo escribir un libro de todas las veces que corrí a hacer mis propios asuntos, siguiendo mi propia dirección, y las cosas salieron terriblemente mal.

Con los años he aprendido a escuchar la voz quieta y apacible del Espíritu Santo, y he determinado a decir “sí y amén” a Su gobierno absoluto en mi vida. Sé que me guiará en toda la verdad, que me dirigirá, y que me mostrará cosas por venir. Sí, puedo testificar que tal vida es posible. Y, tal como Él me enseñó, solo digo sí.

¿Y tú lo harás?