lunes, 28 de marzo de 2016

LA VOZ DE LOS ESCÉPTICOS by Gary Wilkerson

Todos tenemos un llamado del Señor. Y en diversas etapas de nuestra vida, Él ha puesto delante de nosotros un plan preestablecido que hemos de cumplir. Por otra parte, Dios promete que si actuamos en fe, confiando en Él, Él traerá ese plan a buen término.

Sin embargo, esto no siempre es fácil. Como todos los que han caminado con Jesús durante cualquier periodo de tiempo saben, seguir Su alto llamado significa que vamos a encontrar obstáculos, el más común de los cuales es la voz del escéptico. A medida que nos acercamos a cruzar el Jordán a la Tierra Prometida, oiremos todo tipo de voces que nos dicen que no vayamos. Nos murmuran en tonos muy razonables: "Es sólo que no va a suceder. Déjame explicarte el porqué".

Tres tipos de voces escépticas aparecen en la vida de todo cristiano:

En primer lugar, tenemos al escéptico del exterior. Se trata de un amigo, conocido o familiar que desafía lo que creemos que debemos hacer para obedecer a Dios.

También hay un escéptico demoníaco. Esta es la voz del maligno, que nos quiere hacer alejar de nuestra confianza en el Señor.

Por último, existe un escéptico interior. Esta es la voz dentro de nuestra propia mente que levanta toda clase de argumento en contra de la obediencia a lo que Dios nos ha pedido.

Josué oyó estas tres voces, mientras Dios lo despertaba para dirigir a Israel a cruzar el río Jordán. El cruce contenía toda la promesa de la gloria futura de Dios para Su pueblo en la tierra. Puedes estar seguro de que no había forma de que ellos cruzaran el río, mientras siguieran escuchando las voces estridentes de los escépticos que trataban de disuadirlos.

Nuestro Dios quiere destruir toda voz escéptica que nos impida obedecer Su dirección para Su mayor gloria. Cada vez que Él nos pide dar un paso de fe, Él nos está llevando a "cruzar" a una medida de confianza en Él, que nunca antes hemos tenido.

“Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida; como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé” (Josué 1:5).