miércoles, 12 de marzo de 2014

LA FLECHA DE LA VERDAD

Muchos cristianos se sienten aliviados al saber que no están incluidos en la lista de pecados mortales de los que habla Pablo: “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios.” (1 Corintios 6:9-10). Muchos creyentes sinceros hacen todos los esfuerzos para no convertir Su gracia en libertinaje y aun así se dan cuenta que su caminar no está a la altura del estándar de santidad de Dios.

Cuando leen el verso que sigue, sienten la penetrante flecha de la verdad: “Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios” (Versículo 11). De repente, recuerdan un pecado que los asedia que nunca han sido capaces de sacudir. Piensan: “Espera un minuto, he sido liberado y santificado, entonces ¿por qué no puedo dejar este mal hábito? ¡No estoy verdaderamente libre!”

Quizás recientemente has regresado a una vieja concupiscencia. A lo mejor has visitado un sitio web pornográfico en internet, o te involucraste en adulterio o pecado homosexual. O quizás has robado algo de tu trabajo, o estas bebiendo a escondidas en el camino del trabajo a la casa. Cualquiera que sea tu mal hábito, tú sabes que no eres libre en esa área.

No te sorprendas si te comienzas a sentir como David. “Me acordaba de Dios, y me conmovía…y desmayaba mi espíritu.”(Salmo 77:3)

Cada vez que el Señor ve a uno de sus hijos luchando con alguna concupiscencia o atadura, Él se mueve rápidamente para traernos de vuelta al camino de la obediencia, paz y descanso. ¿Cómo lo hace? ¡El trae condiciones a nuestra vida que nos obligan a confrontar nuestro pecado!

A menudo esto significa llevarnos a las profundidades, como Dios hizo con Jonás. Nos permite sentir su reprensión y que seamos tragados por nuestras circunstancias. Finalmente cuando Jonás estuvo en la más oscura de las profundidades clamó a Dios. ¡Y el Señor respondió rápidamente al clamor de su siervo, restaurándolo en Sus bendiciones y Su voluntad!