lunes, 17 de marzo de 2014

EL ALIENTO DE VIDA DE DIOS by Gary Wilkerson

“Y miré, y he aquí tendones sobre ellos, y la carne subió, y la piel cubrió por encima de ellos; pero no había en ellos espíritu” (Ezequiel 37:8). ¡Qué trágica escena! Sé de iglesias que tienen todos los programas y estrategias en su lugar, pero no tienen vida. Así que, muchas iglesias hacen seminarios, conferencias, libros, sitios web, transmisiones en vivo y reuniones para todos los segmentos de edades y de necesidades. Todas estas cosas fueron diseñadas para lo bueno, pero a menos que el Espíritu de Dios sople en ellas, no son nada. De hecho, tales cosas tienen el poder sutil de despojarnos de la vida que Dios desea para nosotros.

Mientras recorremos las actividades de la iglesia, nos engañamos pensando que somos espirituales. Puede dar la apariencia de que los huesos secos se están uniendo entre sí, pero en realidad éstos carecen del aliento de vida de Dios. Yo cambiaría 1,000 servicios de adoración y 10,000 estrategias por un solo aliento de Su Espíritu. Sólo Dios puede soplar vida en lo que hacemos, para que vivan estos huesos secos.

“Y me dijo: Profetiza al espíritu, profetiza, hijo de hombre, y di al espíritu” (37:9). La palabra “espíritu”, acá es la palabra en hebreo “rauch”, que se refiere al Espíritu de Dios. Una vez más, Dios le ordenó a Ezequiel que profetizara. La primera vez debía profetizar a los huesos, esto es, al pueblo, pero este segundo mandato es a profetizar a Dios mismo. “Rauch”, el Espíritu Santo.

¿Qué está diciendo Dios en este versículo? Nos está diciendo que predicarnos el uno al otro, articular doctrina, no es suficiente. No podemos, simplemente hablar al hombre acerca de las cosas de Dios. También debemos hablar a Dios acerca del hombre, rogándole a Él para que obre. Dios llama a hombres y mujeres de fe a clamar hasta que Él intervenga en su situación y cambie las cosas. Sólo el Espíritu Santo de Dios puede traer vida. Nuestros ojos no pueden ver, nuestros oídos no pueden oír, nuestras bocas no pueden hablar nada sobre Él sin que primeramente Él nos haya despertado.

Cuando Él lo hace, los resultados nos asombran: “Y profeticé como me había mandado, y entró espíritu en ellos [los huesos], y vivieron, y estuvieron sobre sus pies” (37:10).

El aliento de Dios nos pone de pie con confianza. Lo mismo sucedió en Hechos 2: “Pedro, poniéndose en pie con los once” (2:14). El Evangelio que Pedro proclamó en Pentecostés no era diferente al Evangelio que él conocía y que ahora, puesto de pie, proclamaba con poder de lo alto.

La vida que Dios está a punto de soplar dentro de nosotros es la que hace vivir a los huesos secos, la que da vida a un lugar de tinieblas y desesperación. Del caos, Jesús produce vida. De las cenizas, Él produce belleza. ¡Y en una horrorosa situación en la que el enemigo sólo quiere destruirnos, Jesús sopla vida nueva!