viernes, 28 de marzo de 2014

AYUDANTES EN ORACIÓN

Pablo estaba tan consciente de su necesidad por las oraciones de los santos, que rogaba por “ayudantes en oración” por todas partes. Le rogó a los romanos: “Pero os ruego, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu, que me ayudéis orando por mí a Dios, para que sea librado” (Romanos 15:30-31). Y le pidió a los tesalonicenses: “Hermanos, orad por nosotros.” (1 Tesalonicenses 5:25).

En griego, la palabra “ayudéis” aquí significa “luchar conmigo como compañero en oración; pelear por mí en oración”. Pablo no estaba pidiendo una mención rápida ante el trono. Él estaba rogando: “Pelea por mí en oración, Haz batalla espiritual tanto por mí, como por la causa del evangelio.”

Cuando Pablo estaba en la prisión, listo para entregar su vida, les rogó a los filipenses que oraran por él: “Porque sé que por vuestra oración y la suministración del Espíritu de Jesucristo, esto resultará en mi liberación” (Filipenses 1:19). Pablo sabía que era un hombre fichado, que las huestes de Satanás estaban empeñadas en destruirlo, y así es con cada verdadero ministro del evangelio. Cada pastor, predicador y evangelista necesita ayudantes en oración que intercedan por él continuamente.

Les aseguro que yo no estaría escribiéndoles hoy si no fuera por los ayudantes en oración que han estado a mi lado a través de los años. Fui recordado de esto recientemente mientras estuve en Europa para conducir unas conferencias de ministros y cruzadas nocturnas. Todo el tiempo, el Espíritu de Dios me hizo saber que estaba siendo sostenido por las oraciones de multitudes de personas.

En Niza, Francia, los norteamericanos no son muy queridos, en particular los evangelistas norteamericanos. Todos se preocupaban por la cruzada evangelística nocturna, pensando: “¿Se podrá llevar a cabo?”. Francia está desenfrenada con escepticismo, ateísmo, gnosticismo e incredulidad. Y la clase de reunión que planeamos nunca se había intentado antes.

Cuando llegó la hora, sin embargo, miles se habían reunido. Pero fue entonces cuando comencé a sentirme icapaz. No sabía qué predicar, porque ningún mensaje de los que tenia preparados parecía apropiado. Mi intérprete y yo habíamos revisado algunas notas de antemano, pero no estaba seguro si eran apropiadas para la reunión. Le advertí: “No estoy seguro de lo que voy a decir.”
Cuando pasé al podio, no obstante, el Espíritu cayó sobre mí poderosamente. Sentí las oraciones de miles de santos respaldándome, y mientras comenzaba a hablar, el Espíritu Santo llenó mi boca. Prediqué por cuarenta minutos, y durante todo ese tiempo se podía escuchar un alfiler caer al suelo. Cuando terminé, simplemente dije: “Si necesitas a Jesús, por favor pasa al frente”, y cientos de personas se pusieron en pie de un salto en respuesta.