martes, 21 de enero de 2014

DIOS LEVANTÓ A UN HOMBRE

En los días de Nehemías, los muros de Jerusalén estaban en ruinas, la ciudad era, literalmente, un montón de piedras y la iglesia se había desviado totalmente, no quedando ni un solo testigo. Los poderes malignos que rodeaban Israel los perseguían severamente, burlándose de cada obra que ellos querían emprender.

¿Cómo respondió Dios en tal tiempo de ruina? ¿Envió acaso, un ejército bien entrenado para ayudarlos? ¿Envió a la guardia de palacio para herir a aquellos enemigos prominentes? No, Dios levantó a un hombre: Nehemías.

Nehemías era un hombre con la carga de Dios en el corazón. Pasaba su tiempo orando, ayunando y en lamento, porque él estaba quebrantado por la condición de Israel. También excavaba continuamente en la Palabra de Dios, comprendiendo la profecía y moviéndose en el Espíritu.

Aunque Nehemías sirvió como copero del rey de Persia, él se mantuvo apartado de la maldad que lo rodeaba. En medio de toda la sensualidad, inmoralidad e impiedad que tenía lugar en Israel, él mantuvo un caminar santo con el Señor. Y, a cambio, todas las almas de los que le oían predicar, se purificaban.

Pronto un avivamiento de santidad barrió aquella tierra. "Y se purificaron los sacerdotes y los levitas; y purificaron al pueblo, y las puertas, y el muro" (Nehemías 12:30). La casa de Dios también fue purgada y se echó fuera todo lo que era de la carne. Nehemías mandó a obreros al templo, diciéndoles: "Quiero cada pedacito de basura fuera de aquí. No dejen nada que tenga que ver con la idolatría o la sensualidad"(ver Nehemías 13:8-9).

Amados, ¡este es el concepto de Dios de un avivamiento! Sólo se trata de barrer cada cámara en tu corazón que sea impura y no santificada. Él quiere que no quede ni un lugar oscuro.

¿De dónde obtuvo Nehemías tal autoridad espiritual, para hacer que los transigentes tiemblen y para traer de vuelta el temor de Dios al templo? El rey no se la dio. Ningún obispo de la iglesia se la dio. No la aprendió en una escuela bíblica.

No, Nehemías obtuvo su autoridad de rodillas, llanto, quebranto, deseo de conocer el corazón de Dios. Y debido a que él era un hombre de oración, él fue capaz de confesar los pecados de toda una nación: "Esté ahora atento tu oído…para oír la oración de tu siervo, que hago ahora delante de ti día y noche…y confieso los pecados de los hijos de Israel…yo y la casa de mi padre hemos pecado. En extremo nos hemos corrompido contra ti, y no hemos guardado los mandamientos…" (Nehemías 1:6-7).