viernes, 15 de febrero de 2013

EN SU PRESENCIA

"A fin de que en su presencia nadie pueda jactarse." (1 Corintios 1:29). Este versículo no es sólo una verdad del Nuevo Testamento fue cierto en los días de Moisés también. Moisés no pudo liberar al pueblo de Dios por su propia fuerza. Él tuvo que ser enseñado, una vez y para siempre, que la obra de Dios no se realiza a través de la capacidad humana, sino por la confianza y dependencia total del Señor.

Eso es cierto para todos los cristianos de hoy. Es necesario quitar de una vez todo lo que la carne intenta para llevarnos a Dios. En efecto, Dios nos dice como lo hizo con Moisés: "Sólo hay un fundamento sobre el que puedes acercarte a mí, y es tierra santa. ¡No puedes tener confianza en la carne porque ninguna carne estará de pie en mi presencia!"

Al hablar con Moisés, Dios puso énfasis en los zapatos (ver Éxodo 3:5) porque nuestros pies son dos de las partes más sensibles de nuestro cuerpo. ¿Y qué son los zapatos, sino una protección de nuestra carne? Ellos nos protegen de la intemperie, de las piedras, de las serpientes, de la suciedad, del polvo y del pavimento caliente.

¿Nota lo que Dios le estaba diciendo a Moisés aquí? Él estaba usando algo cotidiano, ordinario para enseñar una lección espiritual, tal como Jesús lo hizo más tarde cuando usó las monedas, las perlas, los camellos y las semillas de mostaza. Dios estaba diciendo: "Moisés, te pones traje de protección para preservar tu carne de una lesión. Pero ninguna protección carnal será capaz de preservarte cuando te envíe a Egipto, ese antro de iniquidad, para hacer frente a un duro dictador. Estarás en una situación en la que solamente Yo podré librarte. Así que, a menos que dejes de lado toda confianza en tu carne, tu mansedumbre, celo y humildad, no serás capaz de hacer lo que te estoy pidiendo que hagas. Todas tus habilidades no tendrán ningún valor a menos que Yo las santifique".

En efecto, Moisés enfrentó todo tipo de pruebas y dificultades mientras conducía a unos tres millones de personas en el desierto. Sin supermercados, centros comerciales ni siquiera un pozo de agua, él tuvo que depender enteramente de Dios para todo.

Moisés ya había tratado de actuar como un libertador en el poder de la carne. Cuarenta años antes, había tomado la espada en la mano y mató a un cruel egipcio conductor de esclavos. Y ahora Dios estaba diciendo: "Moisés, tu celo tiene que ser santificado o te destruirá. ¿Estás dispuesto a deponer tu espada y poner toda tu confianza en mí?"