martes, 30 de marzo de 2010

¿QUÉ QUIERE DECIR TODO ESTO?

¿Qué significa cuando las oraciones no son respondidas? ¿Cuando el dolor permanece y parece que Dios no está haciendo nada en respuesta a nuestra fe? Muy a menudo Dios nos está amando supremamente en ese tiempo más que en cualquier otro. La Palabra dice, “El Señor al que ama, disciplina.” Una disciplina de amor toma precedente sobre todo acto de fe, sobre cada oración, sobre cada promesa. Lo que yo veo como dolor, podría ser su amor amándome. Podría ser su mano suave dándome unas palmadas por mi terquedad y orgullo.

Tenemos fe en nuestra fe. Colocamos más énfasis en el poder de nuestras oraciones, que en conseguir que su poder esté en nosotros. Queremos entender a Dios para poder leerlo como un libro. No queremos ser sorprendidos o quedarnos perplejos, y cuando las cosas suceden contrarias al concepto que tenemos de Dios, decimos, “Ese no puede ser Dios; él no trabaja de esa manera.”

Estamos tan ocupados trabajando en Dios, que nos olvidamos de que él está tratando de trabajar en nosotros. De eso se trata esta vida: Dios trabajando en nosotros, tratando de rehacernos en una vasija de gloria. Estamos tan ocupados orando para cambiar las cosas, que tenemos poco tiempo para permitir que la oración nos cambie. Dios no ha puesto la oración y la fe en nuestras manos como si fuesen dos herramientas secretas mediante las cuales un grupo selecto de “expertos” aprenden a arrancar algunas cosas de él. Dios ha dicho que él está más dispuesto a dar que recibir. ¿Por qué estamos usando la oración y la fe como “llaves” o herramientas para abrir algo que nunca estuvo cerrado?

La oración no es para beneficio de Dios, sino para el nuestro. La fe no es para beneficio de él sino para el nuestro. Dios no es un bromista eterno y divino. Él no se ha rodeado de acertijos para que los hombres los descubran, como si estuviera diciendo, “el sabio se lleva el premio.”

Estamos tan confundidos en este asunto de oración y fe; tenemos la audacia de pensar que Dios es nuestro “genio mágico” que cumple cada deseo nuestro. Pensamos que la fe es una manera de acorralar a Dios en sus promesas. Pensamos que Dios está complacido por nuestros esfuerzos de ponerlo en contra de la pared y gritarle, “Señor, tú no puedes fallar en tus promesas. Yo quiero lo que me pertenece. Tú estás atado a tu Palabra. Debes hacerlo o tu Palabra no es verdadera.”

Esta es la razón por la que perdemos el verdadero significado de la oración y de la fe. Vemos a Dios sólo como el dador y nosotros los que recibimos. Pero la oración y la fe son las avenidas por las cuales nos convertimos en dadores a Dios. Deben de ser usadas, no como maneras de conseguir cosas de Dios, sino como maneras de darle a él aquellas cosas con las cuales podemos complacerlo.